andre viard edito tierras taurinas
Más de cuarenta años después de los hechos, todavía no me explico cuál fue el presunto delito que me valió la condena. Debió de ser terrible, y no quiero pensar que fue el haber confesado a mi familia que quería ser torero después de que me habían pillado toreando al mastín del vecino. Lo de que sí me acuerdo, y muy bien, es de que me mandaron con once añitos a penas a un colegio muy triste cuyos temibles padres maristas tenían a los jesuitas por unos permisivos incultos. La lectura y los sueños llenos de aventuras taurinas fueron mi salvación, sobre todo cuando en una visita a la biblioteca, encontré detrás de la vida de los santos (tan mentirosos los relatos como las publicidades que se pagaban los toreros en el viejo Dígame), varios libros de una colección entonces poco conocida - Tierras humanas - lanzada diez años antes por el antropogéografo Jean Malaurie. Sea como fuera, los relatos de viajes y las descripciones que hacían de países lejanos y de pueblos desconocidos autores como el propio Levi-Strauss, me subyugaron hasta tal punto que esos seis años de vida casi reclusa pasaron tal un soplo ligero sin apagar la vela de mi pasión, hasta que, bachillerato en mano, recobré mi libertad y pude zarpar al descubrimiento del único mundo que me fascinaba : el planeta taurino.

Escapándome en cuanto podía de mis estudios, anduve muchos años por las tapias de Salamanca hasta conseguir confirmar la alternativa. Para ser fiel a la verdad, a pesar de haber toreado muchas veces a gusto, no alcancé ninguna cumbre... Sin embargo, aparte del título de matador de toros que para mí tiene más valor que cualquiera de los que me dieron en la universidad, conservo de esas andanzas, a veces dolorosas y a veces picarescas, el sentir orgulloso de haberme sumergido en cuerpo y alma en una búsqueda sincera de identidad, frente al único referente digno de ser desafiado con hombría. Hasta que un día, consciente de la realidad, pasé sin amargura al otro lado de la barrera : después de haber sido modesto actor en este teatro prestigioso de la vida, me tocaba ser su historiador, o, más bien, marcado para siempre por mis lecturas de adolescente, su fiel explorador. Tal vez el distanciamiento relativo que supone vivir la Fiesta desde Francia permite sustraerse de lo irrisorio para dar con lo esencial. Tal vez también este distanciamiento a veces obligado explica el gusto particular de la afición francesa por un enfoque más teórico que práctico de la Fiesta misma. ¿ Seria el famoso modelo francés - esta forma tan propia de concebir la cultura taurina - la resultante del mismo afán de saber que desarrolla cualquier autodidacta, ávido de compensar el vacío insondable que deja en el alma el sentimiento recurrente de carecer de legitimidad ? Ser huérfano, aunque sólo sea de unas raíces soñadas, puede dar un aliento fabuloso para la creatividad. Sin embargo, este valor añadido no exonera a nadie, antes de escribir, de saber escuchar y observar, no como un juez pronto a condenar, sino a la manera de un antropólogo lleno de empatía hacia las poblaciones o costumbres que estudia. Antes de que alguien pueda sentirse ofendido al verme comparar al planeta taurino y sus habitantes - estoy orgulloso de considerarme uno de ellos - con una tribu de pigmeos amazónicos por ejemplo, cabe recordar que para la gente “normal” de nuestras sociedades digitalizadas, los aficionados, y más aun los toreros y los ganaderos, no dejan de ser gente muy extraña, cuyas costumbres teñidas de arcaísmo, cuando no de barbarie, parecen haber sobrevivido milagrosamente a la modernidad.

Para aquellos, somos a lo mejor algo así como los últimos caníbales, o, peor, unos inmundos torturadores. El Bien y el Mal son conceptos relativos según el punto de vista de cada quien, y sería muy osado invocar una moral superior capaz de imponer a todos y cada uno la distancia necesaria para mirar con respeto, las culturas de los demás. Sin embargo, frente a los ataques que padecemos por parte del animalismo totalitarista e inquisidor que es la lacra de nuestras sociedades, tenemos que actuar. Sin remontarnos hasta los dinosaurios, ¡ cuántas culturas que parecían eternas en el momento de su esplendor desaparecieron un día para siempre ! Los faraones, los incas, los aztecas, Roma… Mientras tanto, después de tantos milenios, la cultura taurina sigue imponiendo su vitalidad. La razón es muy sencilla : a pesar del materialismo ambiente y mejor que en el reino mentiroso de los ocios virtuales, sobre las tierras taurinas soplan los vientos de la epopeya. Si Homero se levantara, no hay duda de que encontraría en nuestras plazas materia rica para escribir una nueva Ilíada y unas cuantas Odiseas más. Pero también es verdad que si se hubiera dedicado, en vez de magnificar a sus héroes, a machacarles con sus imperfecciones, no hubiera llegado ninguno de ellos hasta nosotros : Aquiles no sería más que un psicópata sanguinario, Ulises un perverso resabiado, Héctor un tonto temerario... y Andrómaca una zorra de mucho cuidado.

De repente, los tenemos a todos por algunos de los arquetipos más perfectos de la humanidad - imperfecciones incluidas -, gracias a cómo Homero los cantó, sin esconder nada de los trastornos tumultuosos de sus almas tormentosas, pero mirándolos siempre bajo el prisma del destino implacable que todos tenemos en común : vivir siempre mata - con más certeza aun que el tabaco -  y la única cuestión que vale es la actitud que adoptamos frente a esta ineludible realidad. Todos nacemos con fecha de caducidad pendiente, o sea, con una espada metida en el hoyo de las agujas. Llegada la hora, unos barbean las tablas de sombra, y otros se van a los medios para desafiar una última vez al sol. Esta es la única diferencia, pero ¡ menuda es ! El drama taurino no es más que la metáfora de este nuestro destino, astrolabio oculto que da sentido a nuestra vida. ¿ Fue jugarse el pellejo debajo de las murallas de Troya más glorioso que hacerlo en cualquiera de nuestras plazas ? No lo creo. Sin embargo, las leyendas de Aquiles, Héctor, Ulises y sus consortes han llegado hasta hoy. ¿ La razón ? Muy sencilla : tuvieron en Homero a unos de los dos autores con más visión de aquellos tiempos. El otro, algo anterior y que fue más bien un colectivo, nos dejó la Biblia.

¿ Serían los grandes toreros de la historia - muy reales mientras que los héroes griegos o los sanguinarios patriarcas bíblicos eran más bien imaginarios -, igual materia que aquellos para llenar las páginas de un poema desafiando los siglos ? Indudablemente. Cada faena es, además de una obra de arte más o menos lograda, una batalla a muerte ; y cada vida pasada en los ruedos una epopeya. Grandiosos o modestos, todos los toreros se merecen pues un respeto inmenso por atreverse a desafiar al mítico animal del cual todas la religiones hicieron el portentoso símbolo de fuerza y fiereza que sigue siendo hoy, más bravo y más fuerte de lo que fue jamás, gracias a la labor de nuestros ganaderos. Porque si bien es cierto que sin toro no hay Fiesta auténtica, sin torero que le plante cara tampoco la hay. Asentadas las bases de tan grandiosa tragedia, cabe preguntarse con humildad ¿ qué huella queremos dejar de ella? , sabiendo que vivimos en un mundo cada día menos propicio a los aventureros y cada día mas pervertido por una inversión maligna de los valores esenciales promovida por este animalismo perverso que pretende, en contra de todas las religiones y filosofías, discutirle al género humano su primacía sobre las demás especies, afirmando que los animales son nuestro prójimo y el torero un asesino.

“Tierras Taurinas” no pretende ser una revista más, sino un marco prestigioso y distinto para nuestra  cultura. Se torea como se es... y se escribe igual. ¿ Cuál es nuestro lujo ? Andar sin prisas por las tierras taurinas, apostando por la calidad. Desde hace años, este trabajo ha madurado al tiempo que crecían las condenas hacia la Fiesta. A los meses de reportajes sobre el terreno, han correspondido otros tantos en las bibliotecas. No se trataba de hacer una compilación de historias conocidas, sino de buscar el detalle inadvertido que permitiera adentrarse en cada una para hacerla nuestra y contarla como algo propio, no como un frío relato más o menos sabio, sino con el caudal de pasión que debe acompañar a cada aventura humana. Lujo también el de dedicar a cada historia el espacio que haga falta, para poder colocar una mirada humana sobre el mundo del toro. Esa misma mirada que colocó Homero sobre los guerreros de Troya, o los autores de la Biblia sobre los belicosos pastores hebreos. La misma mirada también que los autores de “Tierras Humanas” colocaron sobre los pigmeos de Amazonas, los Lapones del Ártico o los indios Guayaki.... pueblos tan distintos del que vive en el planeta taurino, pero tan parecidos también en su afán de preservar su identidad contra los asaltos de la globalización que tiende a erradicar las micro culturas, amenazadas además por su propia degeneración. Lo advirtió Levi-Strauss cuando dijo que, tal como la danza de la lluvia de los Sioux, el peligro que corría el espectáculo taurino era decaer en un folklore sin sentido. La mascarada de Las Vegas da muestra de su visión.

Ese riesgo precisamente, y algunos otros, también motivan este proyecto editorial. ¡ Ya está bien de tirar piedras hacia nuestras propias plazas ! Quieran o no, doscientos siglos después de Altamira y Lascaux, el toro sigue embistiendo más y mejor que nunca, y esta bravura erigida en divinidad por nuestros antepasados del neolítico, constituye un patrimonio trascendental para los que consideran la Fiesta como parte fundamental de su identidad y de su naturaleza. Sin embargo, a veces, quizá porque nuestra sociedad busca sus nuevos mitos en otros campos, o porque le tiene miedo a este duro teatro de la realidad que es el ruedo, ese tesoro pasa inadvertido. Pero ahí está, tan admirable como cuando el primer hombre se enfrentó al primer toro. Para encontrarlo, basta con acercarse a nuestras plazas y escuchar a la gente del toro, sean ganaderos, figuras, vaqueros o torerillos. Basta con explorar el país de las faenas soñadas, o este Edén ecológico donde vive el rey de la naturaleza que es el toro : por las ricas llanuras de Sevilla, por los senderos del Campo Charro, por los caminos de Extremadura, en las praderas frondosas de la Baja Andalucía, en las marismas exuberantes del Guadalquivir, del Ródano o del Tajo, por las dehesas inmensas del Altiplano, a través de los duros páramos ecuatorianos de la avenida de los volcanes, por los barrancos colombianos o los potreros de México, corre un impetuoso torrente de sangre brava, gracias al cual el hombre hace surgir de la nada las emociones universales que le acercan al sentimiento de eternidad. Basta, en fin, con abrir los ojos.

"El verdadero viaje de exploración, escribió Marcel Proust cuando escrutó con aguda perspicacia a la burguesía parisina, no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”. Este es el secreto : huir del conformismo, del cinismo y de cierta autocrítica destructiva, para mirar con empatía a este pequeño planeta nuestro, lleno de imperfecciones, por supuesto, pero ¡ oh  cuán portador de valores esenciales !, riquezas inmateriales de las que debemos dar prueba si queremos perpetuarlas. La Historia es siempre la consecuencia de nuestros actos. Y si bien es cierto que a veces los meandros de su curso nos asombran, también lo es que pocas veces nos desbordan sin mandar aviso previo. Esto quiere ser también este viaje a las tierras taurinas : un aviso en forma de inventario, para que a este patrimonio nuestro, los nuevos moralistas del movimiento animalista no nos lo echen cualquier día al vertedero de la historia, tal como Roma hizo con los faraones, los visigodos con Roma, o los conquistadores con los aztecas y los incas. Tal como hemos hecho también nosotros mismos con unos encastes fundacionales que no hemos sabido preservar. Así, cumpliremos también con nuestro compromiso, edificando una línea de defensa a favor de nuestra cultura y en contra de la aculturación. Buen viaje a todos, y que la suerte nos acompañe.
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