tierras taurinas

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EL ROMANCERO DE VISTAHERMOSA

Encaste fundamental en la tauromaquía contemporánea, el de Vistahermosa no habría existido si Wellington no hubiera derrotado al Gran Ejército de Napoleón en los Arapiles.

Entre la campiña de Utrera, la marisma de Dos Hermanas y la sierra norte de Sevilla, sus creadores se succeden sobre un escenario de convulsiones históricas : un colono meticuloso, cuatro Condes de Vistahermosa, un misterioso barbero, su yerno, dos viudas de Murube, un espléndido banquero bilbaíno, una familia de industriales bascos afincada en Sevilla - cuyo miembro más conocido es Eduardo Ybarra -, y un juerguista empedernino que, a pesar de ser el que menos tiempo criará esos toros, pasará a la historia cómo el creador del encaste moderno por antonomasía : Fernando Parladé. Desde Vistahermosa hasta Parladé, la presente investigación llevada a cabo sobre este encaste a partir del más absoluto rigor histórico, desvela hechos hasta hoy desconocidos y pone en tela de juicio la historia oficial de todas las ganaderías procendentes del mismo.

ESCRIBIR LA HISTORIA

Aunque es, desde hace casi un siglo, el encaste mayoritario con diferencia, los or ígenes de Vistahermosa son también los menos conocidos. En los tratados taurinos apenas se les consagran algunas líneas, siempre las mismas, para resumir su fundación, y un poco más para evocar a la media docena de personajes que aseguraron su evolución: cuatro Condes de Vistahermosa, el misterioso “barbero” de Utrera, y su yerno Arias de Saavedra. La continuidad de la saga es igual de confusa: dos viudas, sin que se sepa realmente de quiénes, excepto que ambos difuntos llevaban el apellido Murube. Aun internándonos en el período más documentado, las lagunas siguen siendo numerosas: ¿quién era Ybarra? ¿Quién era Parladé? Arriesgándonos a rebatir algunas certezas muy arraigadas, conviene admitir que la historia del encaste Vistahermosa, tal y como siempre se ha contado, está considerablemente incompleta, por no decir que es parcialmente errónea. Quien escribe la historia tiene muchas posibilidades de ser favorecido por la misma, y quien no aparece en ella corre el gran riesgo de ser olvidado. Si a eso agregamos la predilección por el secreto, que siempre fue una constante entre los ganaderos, al igual que su deseo de exclusividad, es fácil comprender que solamente las investigaciones a fondo permiten, si uno tiene suerte, rematar un saber que ha permanecido immutable desde hace tres siglos. En lo que se refiere a Vistahermosa, un ejemplo nos alumbra hasta qué punto los errores traspasan más fácilmente que las verdades: el primer Ulloa del que la historia taurina conserva el nombre, entró en los anales con un patronímico falso. Pedro Luis de Ulloa y Calis (sic), de hecho se apellidaba “Celis”. No es más que un detalle, es cierto, pero pone en evidencia la ausencia de investigaciones profundas en la materia, al igual que el conformismo de varias generaciones que se limitaron a reproducir hechos que no siempre estaban cotejados, derivando como consecuencia un conocimiento tergiversado del pasado.

Gracias a los trabajos de diversos investigadores, la historia de aquellos vetustos tiempos resulta, sin embargo, accesible, a través de fragmentos dispersos a los que hay que agregar otros datos para llegar a una síntesis, cuya veracidad está comprobada a priori, ya que, en buena parte, se fundamenta en el estudio de documentos notariados. Antes de reconstituir esta historia tan novelesca del encaste Vistahermosa, conviene en primer lugar evidenciar los lazos que entrelazan a varios de sus grandes protagonistas. En el principio, podría uno decir, era Pedro Luis de Ulloa y del Portillo, quien tuvo dos hijos: Martín de Ulloa y Andino, padre de Benito de Ulloa Ledesma y Sanabria (ganadero), y abuelo de Juan José de Ulloa y Ponce de León, el cual sería el primer Marqués de Casa Ulloa (ganadero), y quinto Conde de Vistahermosa, cuya hermana, Francisca de Ulloa y Ponce de León, se casaría con José Arias de Saavedra y Ximénez de Segura; el hijo de estos últimos, José Arias de Saavedra y Ulloa, se casaría a su vez con Consolación Domínguez Ramos, hija única y heredera de Juan Domínguez Ortiz… el Barbero de Utrera. El otro hijo de Pedro Luis de Ulloa y del Portillo, fue Benito de Ulloa y Andino (quien murió en Utrera el 18 de noviembre de 1736), padre de Pedro Luis de Ulloa y Celis (1697-1776), quien se convertiría en el primer Conde de Vistahermosa, compraría la ganadería y sería el padre de los tres Condes siguientes. Dicho de otra manera, durante casi un siglo, el romance de Vistahermosa se circunscribe en una historia familiar, alrededor de la cual gravitan personajes ilustres como Juan José Bécquer Gregorio y Vicente José Vázquez, además de Rafael Cabrera y el mariscal Soult. El drama que va a desarrollarse respeta perfectamente las reglas del género. Unidad de tiempo: cuando se levanta el telón, todavía ninguno de los personajes es ganadero. Cuando un siglo más tarde cae el telón, después de que la acción atraviesa el absolutista siglo XVIII, la intervención francesa, la Guerra de Independencia, la rebelión liberal y el regreso del absolutismo, ninguno de ellos sigue siendo ganadero, pero los encastes fundamentales ya han nacido. Unidad de lugar: Utrera, algunas calles, dos plazas y tres iglesias. En este laberinto encerrado por las murallas construidas en tiempos de la reconquista para edificar un bastión en la zona fronteriza, las intrigas se tejen, teniendo como epicentro el cabildo, el ayuntamiento de la época, en cuyo consejo ocupan un puesto todos nuestros héroes, y cuyas decisiones –en su mayor parte- versan sobre la suerte de las fincas, haciendas y cortijos repartidos en la campiña a lo largo de varios kilómetros alrededor de Utrera. Unidad de acción: desde el anonimato hasta la nobleza y la riqueza, de la condición de colono a la de terrateniente, de simple cultivador de cereales a ganadero de “toros de plaza”, estas dinastías emparentadas entre ellas se disputan tierras y bestias, en una espiral intrigas dignas de Montescos y Capuletos.

Y para dar apertura al drama, una escena clave: imagínese la plaza del Bacalado, que así se llamaba la del cabildo, una mañana de septiembre de 1812. El populacho que se aprieta detrás de un cordón de milicianos rodea un pequeño estrado levantado en medio de la plaza, y sobre el cual se ha instalado el siniestro garrote. Tres brutales gabachos, a los cuales el ejército en retirada del mariscal Soult abandonó a su suerte, acaban de ser ejecutados por el garrote vil. Ésta consiste en dosificar doctamente la presión del collar hasta dejar pasar un tenue hilillo de aire que permite que la vida continúe, mientras que, con los ojos desorbitados y la lengua azul y colgante, el supliciado agoniza entre los gritos y las risas de la muchedumbre, avivada por el sufrimiento. El garrote vil está hecho para eso: para matar de manera ridícula, con el fin de añadirle burla y oprobio al pavor. La turbamulta, hambrienta después de los años de privaciones que la presencia francesa le impuso al pueblo español, clama venganza. Con el Gran Ejército batiéndose en retirada, los oprimidos exigen ser desagraviados. Y la plebe se impacienta. Las tres primeras ejecuciones no le han satisfecho y bate palmas para exigir el punto culminante del espectáculo: el último condenado todavía no ha sido sacado del calabozo instalado en un ángulo del edificio del cabildo y el gentío se pregunta por qué. En el primer piso, el consejo delibera. Están ahí presentes todos los notables de la villa: el Marqués de Casa Ulloa, su primo el Conde de Vistahermosa, Juan José Bécquer, Rafael Cabrera, el joven Arias de Saavedra y Ulloa en uniforme de gala de la Milicia Civil, la misma que dirige con su tío el Marqués. Ahí está también Juan Domínguez Ortiz, quien sirve en ella como oficial, un rico plebeyo cuya leyenda está a punto de nacer. El momento es crítico. Al último condenado, un oficial francés, no puede aplicársele el garrote vil, ya que proviene de buena cuna. En su caso, es obligatorio administrarle el garrote noble. Privilegio de clase. El distingo es importante: el garrote noble evita el bufo de una agonía lenta y abotagada al romper de un solo golpe las vértebras, ocasionando la muerte mediante el avance seco y rápido del tornillo sobre la nuca, y no por la lenta presión del collar que el verdugo puede retrasar a su antojo. A las almas bien nacidas se les evitan el ridículo y el oprobio. Con la muerte basta y sobra. La que les ofrece el garrote noble es rápida y segura, siempre y cuando la nuca esté bien despejada. Es por eso que el consejo delibera mientras los gritos de la turba aumentan: el condenado tiene el pelo demasiado largo y el verdugo no garantiza el poder traspasar la nuca con una sola vuelta del tornillo. Y porque todos, o casi todos, son de buena cuna, y porque dejando a un lado las cuestiones de nacionalidad prevalece la idea de casta, los electos al cabildo están bastante contrariados. En esta escena clave del romance de Vistahermosa reside uno de los misterios del encaste que en años anteriores estuvo a punto de desaparecer, merced a la muy agitada tormenta de la historia.


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