tierras taurinas

tierras taurinas
MIURA : EL CENTINELA

Centinela retirada de tiempos remotos, atenta a los cambios profundos que afectan a la sociedad, la familia Miura preserva desde hace cinco generaciones los valores ancestrales que nutren su leyenda frente al desierto bárbaro de la modernidad, en cuyo horizonte incierto se adivinan peligros más  temibles que él que poseen sus propios toros. Tal es su colosal destino y su apabullante responsabilidad.

LA MEMORIA HEREDADA

Primavera, 1962. Una fecha imposible de olvidar. Fue aquella noche, después de burlar el toque de queda para deslizarme furtivamente bajo la mesa del comedor, cuando mi abuelo y su hermano contaron la terrible noticia: Juan Belmonte acababa de suicidarse. Un halo de misterio rodeaba esta confidencia, y fue así, entrecortada por largos silencios, como me fue revelada inconscientemente una historia fabulosa. Belmonte, Joselito, El Gallo y los toros de Miura… Una epopeya magnífica alimentada por la nostalgia de mis mayores, los cuales, al evocar el destino de esta ganadería legendaria, revivían su propia juventud.

Estos toros, cuyo nombre escuché por vez primera a la edad de siete años, no tenían nada que envidiarle a todos los monstruos mitológicos que poblaban la biblioteca. Mucho más que esas criaturas, los miuras poseían en grado sumo una confusa mezcla de nobleza ancestral y de rabia homicida que explicaba su personalidad. Nobleza, en el sentido de alto linaje, es decir, de bravura indomable. ¿Y qué decir de los héroes que los desafiaban? Sobre ellos, mi abuelo y su hermano se deshacían en aclamaciones infinitas. Para verlos torear, habían viajado de Dax a San Sebastián en bicicleta. Más tarde, a principios de los treinta, habían atravesado España de un extremo al otro sólo por el placer de embelesarse con la estampa de los toros de Miura en libertad. Y una década después, apenas devueltos a la vida civil después de la Segunda Guerra, cruzaron la frontera clandestinamente, en mitad de la tormenta, para comprobar si lo que contaban de Manolete era cierto.

Departiendo sobre el torero cordobés, el nombre de Miura volvió a la conversación. O más bien el de un toro de Miura: “Islero”. Luego también el de algunos más: “Jocinero”, “Perdigón”, “Chocero”, “Desertor”, “Agujeto”… la pavorosa lista de los toros asesinos. Al irme a dormir esa noche, ya no era el mismo. Un mundo nuevo se había abierto ante mis ojos; uno cuyas fronteras no podía dejar de atravesar para desvelar su secreto.

Con el paso de los años se publicó una profusa literatura sobre el tema, basada toda ella en la obra escrita en 1942 por Enrique Vila con motivo del centenario de la ganadería. ¿Su título? ¡Miura! Veinticinco años más tarde, el volumen fue actualizado a petición del ganadero de entonces. Después vinieron otros libros, también bautizados “Miura”, nacidos de las plumas del “Tío Pepe” en Francia, y de mi admirado José María Sotomayor en Madrid. Y más recientemente, un ensayo crucial para esclarecer el comienzo de la historia, escrito por Luis Martínez, historiador sevillano. Pero la fuente fundamental para quien desea adentrarse en el corazón de la leyenda sigue siendo la memoria familiar.

Ciento sesenta años de secretos transmitidos mediante una sigilosa tradición oral, de hermano a hermano, de padre y tío a hijo o sobrino… Un caso único de continuidad y de permanencia en el seno de una misma familia, durante cinco generaciones, mientras que la sexta está ya formándose. En casa de los Miura, todo debe tomarse en cuenta: lo que dicen y lo que callan. La discreción es una de las virtudes cardinales de la familia, y si bien la quinta generación se ha abierto a la era de la comunicación, esto se produce en dosis homeopáticas. Se contestan las preguntas  -que ya es bastante-, y las puertas de los cercados se entreabren o se abren de par en par. Pero siempre con prudencia y manifestando un respeto solemne hacia sus toros. En Zahariche, como ha sido desde hace ciento sesenta años en las otras propiedades ocupadas por la familia, el toro es un patrono receloso, soberano de las dehesas, alrededor del cual se organiza la vida, conservando de la mejor manera posible ese carácter único que ha sabido preservarse a pesar de la evolución y de las modas. Y las horas de visita se cuentan minuciosamente. No en vano, son muy escasas, y hasta los compradores deben someterse a este régimen impuesto.

¿Por qué esta singularidad? Por un lado, debido a que la familia Miura siempre ha procedido así; porque sería inconcebible adecuarse a las nuevas costumbres, y sobre todo, porque sus toros no resistirían el desfile inquebrantable de los visitantes inoportunos. “Los Miura somos un poco raros”, admite de buena gana Eduardo, y sus toros lo son también. En realidad, todo es cuestión de paciencia, de temple, de distancia. Conocer la magnitud de una leyenda tal no puede hacerse sino al cabo de una tarda cercanía que permite pasar de la cortesía a la confianza, para, después de dos años de periódicas inspecciones a Zahariche, obtener un regalo inimaginable: un día completo acompañado por los ganaderos en el corazón de su íntimo imperio, solo frente a esas paredes cargadas de historia, libre para extraer textos, carteles, reseñas, manuscritos y fotos… Historias transversales, nuevos ángulos, hechos olvidados… como un investigador invitado a sumergirse en una biblioteca universal que nadie hubiese explorado aun, ¿cómo enseñarlo todo, cómo decirlo todo? No serían suficientes varios opus.

Y hubo que rendirse a la evidencia: en los pasadizos de esta leyenda única, lo que late es el corazón de una familia íntegra. Una familia recóndita, discreta, reservada, que desde siempre ha sabido ajustarse al peso de su destino, sin ceder jamás a la embriaguez de la gloria, ni decidirse a vivir bajo los faros de la actualidad. Esto es lo primero que había que mostrar y decir. ¿Cuántos secretos quedan todavía por revelar? Muchos. Menos uno, oculto en el archivero, y que no me había tomado la molestia de esclarecer: el nombre de ese toro de Miura que en 1983 me permitió hacer carrera: “Jareño”, herrado abajo. Bravo, noble y excelente por el pitón izquierdo… “Unos naturales dignos de farolillos”, escribió entonces el duro crítico Georges Dubos, a quien no se podía acusar de dar coba. Mi abuelo no vio esos pases. Se había marchado el año anterior maldiciendo la mala estrella que me había empujado a presentarme en los ruedos, sin imaginarse ni un momento que lo hacía para parecerme a él. Se estaba cerrando un ciclo, al que treinta años después este opus me permite poner el broche final. Puesto que esta magnífica historia, que me fue revelada de involuntariamente una noche de 1962, medio siglo ya, conllevaba para mí la obligación de transmitirla. Cosa que hubiese sido imposible sin la confianza a la que me hicieron acreedores Eduardo y Antonio Miura. Se los agradezco profundamente.


contacto