tierras taurinas


Revolución cultural

Es suficiente visitar a ganaderos damnificados –o a punto de estarlo– para entender que el mundo taurino atraviesa un momento crítico. A falta de una respuesta global –de momento, ningún colectivo parece capaz de concebir una–, seguimos condenados a una lenta agonía, viendo como se cierra una plaza tras otra, como se dificulta cada día más el aprendizaje de la profesión a los nuevos toreros, como desaparece el segundo mercado dentro del cual veteranos y jóvenes promesas podrían sobrevivir, como los aficionados se desentienden de un espectáculo demasiado previsible, y, para colmo, como el movimiento animalista acapara los medios de comunicación, para los cuales la «Fiesta» representa un blanco débil, y su condena un paso obligado en el camino hacia el «buenismo» que tanto daño hace a nuestra sociedad.

Pero más allá de las apariencias del espectáculo que cada uno interpreta según su propia sensibilidad –lo cual explica que pueda parecer inoportuno en las sociedades modernas–, existe una realidad más profunda, cuyas raíces se hunden en los principios de la Humanidad. Esta realidad es atemporal por naturaleza, y por tanto, no puede pasar de moda, aunque algunos, pensando en su propio beneficio, la quieran presentar de otra manera.

Revolución cultural

Es suficiente visitar a ganaderos damnificados -o a punto de estarlo- para entender que el mundo taurino atraviesa un momento crítico. A falta de una respuesta global  -de momento, ningún colectivo parece capaz de concebir una-, seguimos condenados a una lenta agonía, viendo como se cierra una plaza tras otra, como se dificulta cada día más el aprendizaje de la profesión a los nuevos toreros, como desaparece el segundo mercado dentro del cual veteranos y jóvenes promesas podrían sobrevivir, como los aficionados se desentienden de un espectáculo demasiado previsible, y, para colmo, como el movimiento animalista acapara los medios de comunicación, para los cuales la “Fiesta” representa un blanco débil, y su condena un paso obligado en el camino hacia el “buenismo" que tanto daño hace a nuestra sociedad. A falta de saber reestructurarse de forma consensuada entre todos sus componentes, el sector taurino se encuentra condenado a padecer los efectos demoledores del liberalismo más absoluto, el cual está arruinando, una tras otra, a las principales empresas del sector -mejor no hablar del resto-, mientras que manda al paro a buena parte de la profesión. Están por ver todavía los efectos del Plan Marshall mexicano capitaneado por el señor Bailleres, desde que, espoleado por su desembarco fallido en Las Ventas y apoyándose en la profesionalidad de la Casa Chopera, ha decidido hacerse con todas las plazas de primera y segunda, después de abandonar algunas por falta de rentabilidad (aunque el caos en el que vive la Monumental de México desde que su grupo cogió las riendas no incita al optimismo).

Como se puede comprobar, el dinero no lo compra todo, y por mucha inversión que se haga o se piense hacer, es necesario mucho más para recobrar la confianza de los aficionados y hacerles soñar. En su gran mayoría, estos parecen poco dispuestos a dejarse engañar por unos argumentos de venta vacíos de contenido y carentes de imaginación. Para que regrese la confianza, urge tocar muchas teclas. Y para crear un ambiente más favorable, para vender un producto que tiene cada día menos aceptación en la sociedad, hay que saber dirigirse a ella; no sólo al aficionado, al que se considera un cliente cautivo que compra abonos. Hay que franquear fronteras y derrumbar muchas paredes si queremos dejar de parecer unos trogloditas rancios en una sociedad moderna que únicamente cree en el progresismo, sin detenerse a reflexionar sobre el contenido del mismo.

Más allá de las apariencias del espectáculo que cada uno interpreta según su propia sensibilidad -lo cual explica que pueda parecer inoportuno en las sociedades modernas-, existe una realidad más profunda, cuyas raíces se hunden en los principios de la Humanidad. Esta realidad es atemporal por naturaleza, y por tanto, no puede pasar de moda, aunque algunos, pensando en su propio beneficio, la quieran presentar de otra manera. Esta realidad fue expuesta de forma larga y tendida en algunos opus anteriores y constituye la trama de “Tauromaquias Universales”: a través de su lucha contra el toro, el hombre se alza por encima de su propia condición y transforma la violencia de la lidia en arte vivo. Esto explica que el espectáculo taurino, más allá de un mero divertimento, sea una metáfora de la historia de la Humanidad, la última representación del Hombre frente a su destino, sin pasar por el simulacro o la farsa.

De todas las voces del sector taurino, la de Simon Casas es la única capaz de manejar estos conceptos para hablarle a la sociedad de un modo distinto. Bien lo entendió Sánchez Dragó, cuando le dedicó estas palabras a Casas en El Mundo después de leer una entrevista del francés en El Español: “Cada aficionado ve en el ruedo lo que quiere ver: arte, espectáculo, panem et circenses, deporte, liza, caza, alarde, ritual, entretenimiento, agnición, catarsis, danza de la muerte... Yo veo religión: un sacramento. O sea: la epifanía de algo visible que provoca en quien lo ve (y más aún en quien lo genera) un estado de gracia procedente de lo invisible.

El torero es un místico que al torear levita, el espectador es un devoto y la faena es un trance. A su conjuro se detiene el tiempo y los usuarios se suben a un vehículo que los conducirá a un lugar lejano: el del arrobo o estado de conciencia alterada y situada fuera del mundo sensible en el que se sumerge el aficionado cada vez que el torero cita, para, templa, manda, liga, carga la suerte, barre el aire, ahorma la embestida y le da esplendor. Ése es, de todos los momentos y emociones que la vida me ha ofrecido, el que yo prefiero, el más estimulante, el más revelador y embriagador, el más excelso, el que más felicidad me ha dado, el que más me dolerá perder cuando la muerte se me lleve”.

Es de esperar, y hay que confiar en ello, que Simon Casas sabrá darle al público de Las Ventas la programación ecléctica que sus múltiples sensibilidades reclaman, respetando en cada momento la integridad del toro. Pero es de esperar también -y sobre todo- que Simon no se limitará a gestionar Las Ventas a la manera de los taurinos tradicionales, dirigiéndose a toda la sociedad con el fin de impulsar un cambio radical en la percepción que ésta tiene de la Fiesta taurina. Más allá de un simple cambio de empresa -anécdota que, al final, sólo interesa a los taurinos- lo que se juega en Las Ventas a lo largo de los próximos cuatro o cinco años es el futuro de la cultura taurina, y así lo entiende la Presidenta de la Comunidad de Madrid, quien anima al nuevo empresario para que cambie el rumbo mundial de la Fiesta. Lejos de ser un concepto abstracto, la cultura es un arma, y su manejo constituye la mejor protección contra la ideología globalizante que amenaza con ahogar a todas las culturas minoritarias; incluso aquellas, como la Fiesta taurina, que son consideradas un patrimonio fundamental. Por todo ello, el verdadero significado de la llegada de Simon Casas a Las Ventas es una revolución cultural necesaria y urgente, para la cual es el único capacitado.


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