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UNA  ANTOLOGIA DE VICTORINO

?Después de contar la historia de los veraguas, la de los saltillos y la de los santacolomas, encastes que hoy están marginados, el relatar la de los albaserrasdas de Victorino nos permite entender que nada se pierde para siempre, y que el genio de un solo hombre puede revertir el curso de la historia. Pero después del libro que Victorino hijo le consagró a su padre, ¿desde qué ángulo se podría contar una historia que todos los aficionados conocen? Esa perspectiva original, debido a que Victorino ya ha dado su propia versión de la historia, había que irla a buscar entre los que fueron sus socios durante toda esta epopeya. Con el humor mordaz que le caracteriza, Esplá me animó de inmediato: “¡Por fin, alguien que le da la palabra a los perdedores! ¡Ya era hora!”.

Pero, ¿qué ver, qué incluir, qué dejar fuera? Una vez que estuvo elaborada la lista de las grandes faenas, entre las cuales algunas han sido injustamente olvidadas, la constatación fue terrible: para hacer las cosas bien, habría que dedicarles dos opus, y ni así estaría uno seguro de no haber olvidado a nadie. ¿Era necesario condensar el trabajo? ¿Resumir las hazañas que nos hicieron vibrar a una triste compilación de cifras y de fechas? Tierras Taurinas no es un libro notarial... es más bien una recopilación abierta a la poesía, en la cual lo importante es privilegiar a los sueños. Además: ¿cómo plantearse el ir a pasar el día con Andrés Vázquez, con Ruiz Miguel, Esplá, Palomar, y todos los demás para recopilar sus recuerdos, si no hubiese sido para compartirlos con vosotros? Pues ¿quién mejor que los que han estado en el ruedo para lidiar a los toros de Victorino, puede decirnos lo que el hacerlo significa? La idea comenzaba a tomar forma. Apenas iniciado el periplo, honor a quien honor merece, la primera visita debía ser para Andrés Vázquez, y pudo concretarse. Para ser fiel a la sinceridad de que dieron prueba todos estos maestros para quienes los toros de Victorino representaron el dedo divino que escribió su destino, también había que respetar sus silencios y transcribir los sentimientos que sus palabras dejaban adivinar.

Cuando menos, se imponía el llevar a cabo un trabajo de escritura cuyo objeto iba a ser el reproducir la melodía que cada uno hacía sonar, sin embellecerla ni edulcorarla. Más allá de las palabras y aun más allá de las faenas, había que hacer surgir una verdadera antología de las vivencias íntimas suscitadas por los toros de Victorino, con todo lo que de injusto y arbitrario pueda contener el género. El elaborar la lista no fue tarea fácil, y algunos que resultaban indispensables no lograron tener un sitio en este libro. Miguel Márquez porque había muerto; Dámaso Gómez porque sigue secuestrado por un cancerbero intratable que decidió exiliarlo del mundo de los toros; Dámaso González y Manuel Caballero porque nuestras agendas no pudieron coincidir... Curro Vázquez tampoco aparece, aunque sea el autor de una faena cumbre en Madrid en 1989... Ni Pepín Liria, valiente entre los valientes, ni Antonio Ferrera, cuya gesta heroica en Pamplona en el 2006 hubiera ameritado un capítulo entero, ni Sánchez Puerto, quien por culpa de la espada dejó escapar un triunfo histórico en Las Ventas... Tampoco están aquí Joselito, ni Ponce, ni Rincón, ni Manzanares, pero eso ha sido cuestión de elección. En la idiosincracia victoriniana no aparecen sino un poco al margen: todos realizaron faenas importantes... pero la historia no es esa. Lo que queda al fin y al cabo, es lo que ha conservado la memoria colectiva, desde los inicios heroicos hasta la supremacía actual. Un recorrido casi intachable de cincuenta años, a lo largo del cual el genial brujo ha navegado por intuición en los meandros de la Fiesta, de la que se ha convertido en uno de los pilares más sólidos. Su increíble suerte, su sentido común y su valor, se transparentan en las declaraciones de los toreros, todos los cuales ponen en primer término el conocimiento profundo que de su ganadería posee, ese que le ha permitido, atributo de los más grandes, frecuentemente anunciar a golpe cantado el desempeño de sus toros. De esto, todos los toreros dan testimonio. Y yo también. Un día no muy lejano en el que debía matar uno de sus cinqueños, me aseguro que haciendo bien las cosas iba a disfrutar mucho toreando. “Sólo hay un riesgo... únicamente tú sabes si no tienes nada que reprocharte... El toro se llama “Vengador”... y si has hablado mal de nosotros...”. Tal y como Victorino lo había prometido, “Vengador” salió extraordinario. Y como yo tenía la conciencia tranquila, disfruté mucho. Al igual que fui feliz al seguir durante todo un año el día a día de esta ganadería única. Jamás me fue cerrada una puerta, jamás quedó una pregunta sin respuesta. En casa de Victorino -padre o hijo- no hay nada que esconder. Pero ¿por esas razones está uno obligado a contarlo todo? Los toreros aportan el principio de la respuesta: para los que ya no los torean hoy día, los victorinos actuales son más fáciles que los que ellos conocieron; pero para los que todavía están toreándolos es exactamente al revés...

Para que todos puedan orientarse, este trabajo propone dos pistas a seguir: por un lado, los recuerdos de los toreros, los cuales permiten entender la otra cara de la historia, y por otro, la vida cotidiana de la vacada; ya que a medida que se desarrollaban los reportajes, que se llevaron un año entero, surgió otra antología paralela, la de las faenas camperas que marcan el ritmo de la ganadería. Victorino, a quien le gustó mucho la edición en francés, dice que este trabajo servirá como referente... Aceptemos el augurio del brujo. ¿Acaso Victorino no es, -como coinciden en afirmar sus colegas ganaderos, de buen grado o a regañadientes- el ganadero más importante de los últimos cincuenta años, en el sentido en que, dando marcha atrás al curso de la historia y al margen de la de sus toros, ha logrado introducir un nuevo personaje en el panteón, de por sí bastante rico, del planeta de los toros? Un personaje, o más bien un arquetipo del que es el único representante, el del ganadero que salió de la nada y llegó a la cima por gracia de los aficionados, que desde hace medio siglo han hecho de sus toros el estandarte de su rebelión contra la decadencia que amenazaba al espectáculo. Una realidad que, más allá de los baches pasajeros, ya le ha permitido a Victorino el entrar en la historia... y en su propio museo.


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