tierras taurinas




MADRID,
Capital animal bravo

Proclamar Madrid Capital Animal, prohibir el Torneo de la Vega, los toros de cuerda o embolats en Valencia, y suprimir las subvenciones para los festejos taurinos, fueron los argumentos de PODEMOS para atraer al voto animalista. Pero después del batacazo sufrido el 26 J en las urnas, PODEMOS comprobó que este voto animalista no existe.

El contraste que existe entre el verdadero amor por los animales que los ganaderos del cinturón de Madrid –en Baltasar Ibán, Montealto, Flor de Jara, Aurelio Hernando o la Dehesa de Guadarrama entre otros– profesan por sus toros, y la mentira institucionalizada por el Ayuntamiento de Manuela Carmena, muestra
la realidad del problema : mientras que los ganaderos de bravo respetan el bienestar animal, PODEMOS discrimina a los humanos.

Especistas contra anti-especistas, antropocentrismo contra biocentrismo, éstas son las claves del conflicto de civilización, donde los aficionados se encuentran en la primera línea de fuego por una razón muy sencilla : nacida en los principios de la Humanidad, la Tauromaquia simboliza el dominio del hombre sobre la Naturaleza. Y en un mundo, como el actual, donde se oculta la muerte, la Tauromaquia se atreve a escenificar la muerte del toro al final de un ritual público y solemne, lleno de grandeza y cargado de significado.


EL HOMBRE Y LOS ANIMALES :
Un conflicto de civilizaciones

Ecologia profunda y antropocentrismo disneyano

Cuando en 1942 un cazador hizo llorar a los niños matando a la mamá de Bambi, nadie comprendió que Walt Disney estaba precipitando el fin de nuestra civilización. Con un simple disparo de fusil, el cazador, héroe universalmente honrado en todas las culturas por su función vital al servicio de los suyos, se convirtió en un ser despreciable e insensible ante la triste suerte del animal humanizado por Disney, un genio de los negocios desde 1928, cuando nació el ratón Mickey, a pesar de ser el responsable de la desnaturalización de la relación ancestral entre el hombre y el animal: mientras que el hombre primitivo se apropiaba de manera simbólica de las virtudes del animal salvaje que combatía o sacrificaba, el hombre Disney se acostumbró a proyectar sus neurosis sobre sus mascotas; y mientras que las representaciones zoomorfas de la Antigüedad respondían a una necesidad de trascendencia, el antropomorfismo banalizado por Disney hacía retroceder al humano hacia la animalidad.

En 1962, Howard Hawks regeneró brevemente la imagen del cazador de grandes fieras encarnado por John Wayne en Hatari, pero al año siguiente, en 1963, Hollywood, fábrica ineludible de mitos contemporáneos, impuso el planeta dominado por los simios dotados de razón y palabra, donde el hombre fue reducido al estado animal: encerrado en una jaula por chimpancés movidos por impulsos totalitarios, Charlton Heston expiaba, de manera subliminal, el asesinato de la mamá de Bambi.

Una década más tarde, en 1973, el filósofo finlandés Arne Naess legitimó esta trasgresión de la jerarquía establecida por la evolución de las especies, desplazando la cuestión del campo de la ficción a la ética: en virtud de su concepto de ecología profunda, todas las especies vivas tenían el mismo derecho a vivir, crecer y extenderse. Antaño considerado como el centro del mundo, el hombre fue relegado al nivel de las demás especies, mientras que el derecho a dominar el planeta, que siempre le habían reconocido las religiones y filosofías, le fue usurpado.

Dos años más tarde, en 1975, el filósofo utilitarista australiano Peter Singer, en la lógica de la igualdad que emanaba de estos nuevos derechos, reivindicó “La liberación animal”. A partir del año siguiente, un puñado de activistas decidió poner en práctica su teoría, creando en Inglaterra el Frente de Liberación Animal (FLA). Los cientos de atentados reivindicados en todo el mundo por este grupo armado y clandestino defensor de la ecología profunda acabó siendo inscrito, en enero de 2005, en la lista de amenazas terroristas del FBI, justo después de Al-Qaeda.

Y para dotar a esta ideología subversiva de una aparente respetabilidad, la Declaración Universal de los Derechos del Animal fue proclamada en 1979 en la sede de la UNESCO en París por diversas asociaciones, antes de ser rescrita y radicalizada en 1989 por la Liga Internacional de los Derechos del Animal, conforme a las tesis de la ideología profunda. Un texto desprovisto de valor jurídico, contrariamente a lo que pretendían las asociaciones animalistas que lo presentaban como un pilar moral e institucional que justificaba sus acciones.

Instrumentalización política

En 1992, mientras que los atentados reivindicados por el FLA se multiplicaban en el mundo, Luc Ferry publicó en “la nueva orden ecológica” una contestación a las tesis animalistas de Naess y Singer, presentando la ecología profunda como un anti-humanismo comparable con ciertos aspectos de la política ecológica nazi. La declaración era aún más valiente puesto que el concepto filosófico ideado por Singer había dado a luz numerosos discípulos. Su defensa de una evolución ética que concedía derechos a los animales había suscitado la adhesión de las generaciones más jóvenes, contagiadas del antropomorfismo Disney, lo que hacía inevitable su instrumentalización política.

En 1993, las teorías de Singer y los métodos del FLA fueron absorbidos por la kale borroka, la agitación callejera surgida en el País Vasco en la época en la que el grupo independentista armado ETA se hallaba en plena descomposición. Como Batasuna, la rama política de ETA, la kale borroka tenía por objetivo continuar la lucha ocupando la escena y dotando a la organización clandestina de un vivero de jóvenes militantes. Uno de los ejes de esta estrategia desembocó en la lucha contra los toros. A los ojos de ETA, abolir la tauromaquia implicaba atraer a una juventud sensibilizada por la cuestión animal y seducida por un proyecto independentista, ya que la corrida fue presentada como una imposición del imperialismo español sobre el pueblo vasco, cuando, al contrario, el País Vasco ha sido una de las cunas históricas de la Fiesta.

Esta convergencia de la lucha animalista e independentista en el País Vasco se comprobó claramente el 27 de enero de 2010, cuando Javier Z.L., candidato en las elecciones autonómicas de 2005 bajo los colores del Partido Animalista contra el Maltrato Animal (PACMA), en coalición con el partido Verde y Animalista (BERDEAK), fue interpelado por la Policía Autonómica Vasca (Ertzaintza) por su pertenencia a un comando de ETA y su participación en un atentado contra el cuartel de la Ertzaintza en Ondarroa en 2008, otro contra la línea de Alta Velocidad, así como su supuesta participación en la explosión de un coche bomba en Santoña, que costó la vida de un militar y ocho personas heridas.

En el dominio de la ficción, la fábrica hollywoodiense de los mitos había dado un paso más allá: en 1995, “Doce monos” mostraba un planeta inhabitable a consecuencia de un virus que había diezmado al 99% de la población. El ejército de los doce monos, sospechoso de la propagación, trabajaba por la liberación animal, y sus acciones –encerrar en una jaula a científicos que se utilizaban para la experimentación animal y la liberación de los animales- se inspiraban en las operaciones del FLA, cuyas imágenes de archivo fueron incluidas por el director en el montaje final, lo que contribuyó a popularizar su mensaje, legitimando su lucha.

A finales de los años 90, la kale borroka llegó a Cataluña: igual que en el País Vasco, prohibir la “Fiesta Nacional” equivalía a que Barcelona se oponía a Madrid. Después de varios años de manifestaciones violentas frente a las plazas, orquestadas por el movimiento independentista y los activistas animalistas financiados por la fundación suiza Franz Weber, la ley de abolición de la corrida, aprobada en 2012, se reconoce hoy como el inicio del proceso secesionista en Cataluña.

"Reich animalista"

En 1999, unos activistas del FLA marcaron a fuego a un periodista inglés, culpable, según ellos, de no compartir sus ideas. Y en 2004, cediendo al intenso lobby del ala izquierda del Partido Laborista, Tony Blair hizo votar en la Cámara de los Diputados la prohibición de la caza del zorro. Una decisión política que, diez años después, el Primer Ministro recordaba como el único error de su mandato, porque en su momento no comprendió su dimensión cultural y social en el mundo rural. Tan simbólica como resultaría la abolición de las corridas en España, esa prohibición incitó a los animalistas radicales ingleses a desembarcar en el continente, particularmente en Francia.

Surgidos en 2002, los atentados perpetrados por el FLA en suelo francés contra actividades vinculadas con la utilización de animales se multiplicaron, igual que las manifestaciones contra diversas formas de ganadería, laboratorios, la caza o los toros. La Fiesta, muy mediatizada, fue el blanco de los ataques más numerosos y espectaculares, hasta el punto que, en 2009, Éditions Robert Laffont publicó impunemente un folleto de una violencia extrema donde se podía leer: “vaciemos nuestros kalachnikov contra la chusma que acude a las plazas”. Panfleto promocionado, entre otros, por la Alianza Anti Corrida y el CRAC. Y en marzo del mismo año, Trevor Morse, que acompañaba a pie a los jinetes del Warwickshire Hunt, fue decapitado por la pala del helicóptero de un “hunt saboteur” durante una cacería.

En 2011, la inscripción de la Tauromaquia en el Patrimonio Cultural Inmaterial francés fue castigada con el incendio de la residencia del presidente del ONCT, organismo responsable de este reconocimiento. Según los investigadores, los medios utilizados en el fuego evidenciaban una voluntad homicida. A este atentado, reivindicado por el FLA, se sumaron diversas acciones de intimidación (cartas de amenaza, incendios de coches, disparos al aire), profanación de monumentos, boicoteo a comercios, colectivos, individuos, centros escolares, empresas o asociaciones que eran favorables a los toros, etc. Hasta el extremo de que varios responsables políticos alertaron sobre los evidentes riesgos de discriminación que se estaban produciendo. Entre 2011 y 2014, el Comité Radical Anti Corrida (CRAC), apoyado por activistas nacidos de los movimientos anti-sistema, la ecología radical, la esfera del independentismo vasco y grupúsculos radicales belgas, italianos, ingleses y holandeses, enarbolando el emblema de “Europa Ecología”, y financiado por fundaciones dedicadas a la protección de los animales -Brigitte Bardot, PETA, SPA, Franz Weber, 30 millones de amigos…-, organizó manifestaciones no autorizadas e intentos de invasión de plazas de toros, que desembocaron en escenas de guerrilla urbana y en violencia programada. Esta estrategia de alteración del orden público tenía por objeto la cancelación de festejos bajo la presión de la población a la que se pretendía manipular, provocando un verdadero estado de sitio, como de hecho ocurrió en Alés, Rieumes, Maubourguet, Rodilhan o Rion, particularmente. Gracias a la solidaridad del mundo taurino francés y a la implicación del Ministerio del Interior, esta estrategia fue desmantelada y sus instigadores, condenados.

En cambio, la persecución que padeció el Ministro de Cultura durante el verano de 2011, y las amenazas proferidas contra diversos altos cargos de este Ministerio, hicieron que el CRAC se saliera con la suya: desde aquel año, el Ministerio renunció a defender la inscripción de la Tauromaquia en el PCI, sin embargo, fue validada por el Consejo Constitucional, cuya confirmación definitiva depende hoy del Consejo de Estado.

Más allá del interés que puedan tener las tesis animalistas moderadas y de la legitimidad del bienestar animal, sobre el que hay que velar en la medida de lo posible, pretender imponer por la vía de la violencia una ideología radical que aboga por una fractura de los fundamentos éticos de la civilización occidental, conlleva un peligro evidente. Paradójicamente, ésta es la actitud asumida por esta especie de Inquisición moderna, que actúa en nombre de la compasión y que condena a cualquiera que piense de manera diferente a ella.

Desde hace tiempo, las provocaciones lanzadas contra los cazadores o la gente del sector agrícola tienen como misión imponer una evolución legislativa que vaya en su contra. El súmmum de estos ataques contra la ruralidad se produjo en Francia en enero de 2016, cuando un comando parisino dirigido por Alain Bougrain Dubourg penetró en una granja landesa para destruir las trampas de los pájaros cantores, autorizadas por la ley, bajo el objetivo complaciente de las cámaras. Esta agresión produjo una reacción mediática vergonzosa contra el agricultor que defendía su oficio y su cultura ancestral, poniendo en evidencia la oposición de dos mundos que ya no se comprenden ni respetan: el rural y el urbano.

En octubre de 2015, y febrero y marzo de 2016, la asociación L214, que milita por la abolición de la ganadería, la pesca y la caza, denunció los abusos estudiados en tres mataderos franceses, y en mayo de 2016, en un criadero de gallinas ponedoras. Concluyeron que había que prohibir el consumo de carne para acabar con estas situaciones, poniendo en evidencia el verdadero objetivo del movimiento vegano, reivindicado durante varias marchas organizadas a comienzos de junio de 2016 en diversas capitales del mundo.

En enero de 2016, la diputada ecologista francesa Florence Abeille, autora de varias propuestas de ley de inspiración animalista, entre ellas una con la que pretendía impedir que los padres entraran con sus hijos en las plazas (una demanda similar al del Partido de los Animales y la Naturaleza, el Partido Ecologista los Verdes y el Bloque de Izquierdas, rechazada por el Parlamento portugués en junio de 2016), organizó en la Asamblea Nacional una operación de comunicación alrededor de Pamela Anderson para exigir la prohibición del foie gras. Sostenían la operación la Fundación Brigitte Bardot, acusada de disturbios del orden público ante diversas plazas, y Paul Watson, el “Pirata de los Océanos”, líder de la ecología profunda, contra quien circula una orden de detención internacional desde 2010 por sus agresiones a barcos de pesca.

En junio de 2015, la campaña de tres asociaciones francesas acabó prohibiendo el “toro a la cuerda” de Eyragues, una tradición ancestral vinculada a la corrida camarguesa, creando un peligroso precedente para la subsistencia de la corrida landesa. En España, los actos violentos orquestados desde hace varios años en Tordesillas, instigados por el PACMA y más recientemente por PODEMOS, desembocaron en junio de 2016, tras la intervención de la Fundación Franz Weber, en la prohibición del Toro de la Vega, una tradición documentada desde hace cinco siglos, equivalente español de la caza del zorro en Inglaterra. El próximo objetivo de PACMA es la caza de liebres con galgos en Castilla. Y a continuación, el Ayuntamiento “progresista” de Valencia prohibió los toros embolats y los toros de cuerda.

El 23 de abril de 2016, el cantante Andrés Calamaro denunció esta radicalización en un artículo titulado “Reich Animalista” publicado en el diario ABC. Mientras que en El País, el filósofo Fernando Savater escribió: “Al lado de los bárbaros que tratan a los humanos como a animales, surgieron los que consideran los animales como humanos…”.

La excepción cultural como variable de ajuste

Siendo la libertad de expresión un derecho constitucional incuestionable, no discutimos que alguien proponga una evolución de la legislación en materia animal a partir de, por ejemplo, la adopción en 2014 de la enmienda Glavany, quien introdujo la noción de “animal sensible” en el Código Civil francés. Sin embargo, la humanización excesiva del animal –la cual atentaría contra otras libertades fundamentales- así como los medios empleados para poner sobre la mesa esta cuestión como una prioridad social, requieren una respuesta por parte de la inmensa mayoría de los ciudadanos que anteponen los derechos universales del hombre sobre los del animal.

El peligro es real: el objetivo reconocido por el movimiento vegano es acabar con cualquier utilización del animal por parte del hombre, incluidas las mascotas. La corrida de toros es un blanco simbólico, puesto que, en vez de ser ocultada, la muerte del animal se hace presente en el marco de un ritual público. Financiados por el PETA, con unos “happenings” espectaculares (encierros desnudos en Pamplona, modelos desnudos cubiertos de sangre artificial, etc.) y unas manifestaciones violentas organizadas delante de varias plazas de toros (en México, Lima, Quito, Bogotá, Caracas, etc.), alcanzaron la instrumentalización política por varios partidos de extrema izquierda que, al igual que ETA o PODEMOS, ven en la corrida un marcador de clase heredado del imperialismo español, y en el animalismo un vivero electoral.

El peligro ideológico aumenta a causa de los beneficios económicos que esta protesta arroja sobre la industria de las mascotas: las campañas de comunicación promovidas a nivel mundial por el PETA (entre ellas la de “El Holocausto en su plato: para los animales todos los humanos son nazis”, prohibida por la Corte Europea de los Derechos Humanos) provocan un reflejo protector a favor de los animales de compañía, que se traduce en un aumento de la venta de sus productos. Según la Asociación Nacional de Fabricantes de Alimentos para Animales de Compañía, existen 18 millones de mascotas en España, para las cuales sus propietarios gastan entre 700 y 1100 euros al año. El mismo estudio asegura que, en una ciudad media, el número de mascotas es superior en 4500 al de niños de menos de diez años. Nestlé, Procter y otras multinacionales estiman que, en los próximos cinco años, esta diferencia será de 12000.

Ante la colosal riqueza de un mercado en plena expansión, las consideraciones éticas no se tienen en cuenta. Cuando el PETA condena, en junio de 2016, a la industria del cuero en Japón, o al esquileo de los corderos chilenos “en el infierno de la industria de la lana”, los ingresos de esas multinacionales aumentan, lo que les incita a financiar una parte de dichas campañas porque, a pesar de las declaraciones escandalosas de uno de sus coordinadores: “Los atentados con bombas y las vitrinas que estallan son un medio genial para lograr la liberación animal”. Y concluye: “Aleluya para los que se atreven”. Frente a esta lógica perversa, ¿cómo no sospechar que el dinero entregado en varias ocasiones por PETA al FLA -autor de un atentado cada día en el mundo desde 2008, con el fin de financiar sus acciones o pagar a los abogados de sus militantes- procedía, en parte, de las multinacionales de la industria de las mascotas?

La convergencia de intereses entre los promotores de la agitación y la propaganda respaldada por las tesis veganas, organizada con fines políticos por diversos partidos “revolucionarios” o antisistema y sufragada por un sector industrial en plena expansión, explica la concomitancia de proyectos de ley de protección animal que se presentan en todo el mundo desde hace años: en la India, en 2015 y luego en 2016, el PETA consiguió la prohibición del Jalikattu a través de la Corte Constitucional, a pesar de la negativa del Gobierno. Esta tauromaquia con raíces milenarias y cuyo origen se encuentra en el hinduismo, es un tipo de rodeo cuya prohibición se justificó por el estrés que provocaba en el toro.

Desde hace algunos años también, en Francia, varias propuestas de ley apuntando a esta dirección han sido presentadas por diputadas o senadoras animalistas, y promovidas, sin suerte, durante los coloquios “Animal ético”, organizados en el Senado, y después “Animal político” en la Asamblea Nacional, el pasado junio. En el título de ambas charlas se despreciaba al hombre, hasta el punto de querer sentarlo en el banquillo de los acusados.

Frente a esta ideología anti-especista que intenta imponer su punto de vista en el corazón de las instituciones y ha convencido de su necesidad a los partidos ecologistas –lo que entreabre la puerta a una eventual politización de este debate, con el riesgo, verificado en España en las últimas elecciones, de tratar de manera demagógica y superficial cuestiones fundamentales, provocando, en 2016, varias manifestaciones multitudinarias de cazadores, pescadores, ganaderos o aficionados indignados-, resulta indispensable permitir que los sectores amenazados hablen. Atacando la caza tradicional, los cebaderos, los circos, las ganaderías, las corridas landesa y camarguesa o la Fiesta, por un efecto dominó que se activaría con la primera prohibición, se pretende sustituir la civilización humanista, fundada sobre el antropocentrismo, por un nuevo orden moral basado en el biocentrismo reivindicado.

Para evitar esta civilización extremadamente segregacionista que acentuaría el alejamiento de la sociedad urbana de sus raíces rurales, provocaría daños incalculables en la economía y la diversidad cultural, favorecería el empobrecimiento de la biodiversidad y sacudiría el día a día de la población, el sentido común indica que la cultura debe convertirse en la variable de ajuste, como prevén las leyes nacionales y los tratados europeos. No en vano, la “cornada” electoral sufrida por PODEMOS, y más por el PACMA, el 26 J, demuestra con creces que el voto animalista no existe, mientras que el voto del aficionado, sí.

Después de comprobar así que los intentos de prohibición de la Tauromaquia sólo conducen al fracaso y alimentan el odio de los adeptos del animalismo en contra del humanismo (las barbaridades que se publicaron en las redes sociales después de la muerte de Victor Barrio lo demuestran), cabe esperar que sus instigadores entiendan que la cultura del pueblo debe ser respetada, digan lo que digan veganos, anti-especistas y demás vegetarianos, a quienes nadie prohibirá vivir según sus gustos: comiendo tofu y rebajándose al nivel del animal.


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