tierras taurinas




VIAJE A LA SIERRA NORTE

A la Sierra Norte de Sevilla se puede acceder desde abajo, subiendo desde Lora a Constantina. Pero también, como hacían los antiguos pastores norteños, desde Llerena, dejando atrás las ricas llanuras de Extremadura y descendiendo más allá de Constantina, donde los rebaños llegaban, por fin, a un valle abrigado donde miles de ovejas encontraban un refugio seguro en medio de los pastos invernales que tanto esfuerzo habían desencadenado.

Hoy en día, las ovejas norteñas ya no pisan la Sierra Norte, pero el estiércol que dejaron en ella durante siglos explica la riqueza de las antiguas majadas donde sus pastores las cobijaban; fertilidad que actualmente aprovechan algunos ganaderos afortunados.

En este viaje por la Sierra Norte, visitamos La Quinta y Saltillo, ambas fincas situadas en la parte baja, frente a la vega del Guadalquivir, así como otras casas más arriba, como la del maestro Espartaco. También pasamos por Virgen María y Ave María, dos ganaderias «francesas» con mimbres de primera. Pero antes de emprender este recorrido, nos alejamos hasta la India brava, donde los primos lejanos de los gitanos se siguen enfrentando al toro durante el Jallikattu.


DE LA ANIMALIDAD A LA HUMANIDAD

Adoptando la forma de un signo de interrogación que simboliza el porvenir de la Fiesta, y de un laberinto que recuerda su pasado mitológico, el Museo de las Tauromaquias Universales propone un fabuloso viaje en el tiempo. En medio del laberinto, como el Minotauro, un Toro totémico aguarda, imponente escultura adornada con imágenes mitológicas. La exposición y el documental –ambos titulados “Tauromaquias Universales”- narran la relación entre el Hombre y el Toro en el continente europeo y en todo el entorno mediterráneo, desde el primer testimonio gráfico hallado en Villars hace ya 23.000 años. Con gran rigor histórico, las diferentes tauromaquias primitivas se presentan de manera cronológica, buscando sus respectivas equivalencias en la actualidad.

Desde que abandona la animalidad para acceder a la Humanidad, el hombre combate al toro para asegurar su subsistencia y sublimar el sentimiento de fuerza inherente a su naturaleza. Las numerosas representaciones de estas cacerías, en lugares sagrados, demuestran que vencer al toro responde a una doble necesidad, moral y vital: matando al animal más temible de la Naturaleza, el hombre impone su dominio sobre el entorno, apropiándose simbólicamente de las virtudes del uro, como la potencia, la valentía y la fertilidad.

Estas cacerías primitivas, enriquecidas tras milenios merced a técnicas variopintas, se practican en grandes recintos que rodean las murallas de las ciudades mesopotámicas: el Rey exhibe su superioridad luchando contra el toro delante de su pueblo, que lo aclama por sus hazañas. En Creta y Egipto, donde se sigue cazando al toro, se combate después en los espacios más reducidos de los palacios de Cnossos (Creta) o Aventis (Egipto). Un milenio y medio más tarde, estas tauromaquias primitivas encuentran en los anfiteatros del Imperio romano un escenario fastuoso donde el hombre continúa afirmando su superioridad ante el toro.

Con la caída del Imperio romano, los francos y visigodos continúan cazando uros y toros: Clodoveo decreta que sólo los reyes disfrutan de este derecho. La leyenda cuenta que Pipino El Breve combate uno en las arenas de Lutecia, mientras que su hijo Carlomagno recibe una cornada en la pierna, en Los Vosgos. Y así hasta que Felipe Augusto tiene el triste honor de matar a último uro francés a finales del siglo XII.

En España, donde fenicios, griegos, romanos, celtas, visigodos y árabes importan sus tauromaquias, y donde las razas bovinas autóctonas se distinguen por su agresividad, la lucha contra el toro está documentada desde el siglo VII antes de Cristo, y la caza mucho antes gracias a las pinturas parietales.

En la época medieval, la ética caballeresca basada en la lealtad que el noble debe demostrar a lo largo del combate, contribuye a elevar al toro hasta el nivel de un adversario respetable, cuya muerte merece dignidad. El sitio preponderante que se le reserva durante las ceremonias políticas y religiosas evita que la especie se extinga –como sucede con el uro- o se domestique.

Así, mientras desaparece en todas partes a causa de ambos motivos, la tauromaquia se perpetúa en España y en el sur de Francia, donde subsisten dos razas nacidas del uro.

Durante tres siglos, bajo la influencia del Renacimiento y después de la Ilustración, el juego en la arena se sublima a través de una búsqueda constante de la estética y la ética: la corrida moderna es el resultado de este combate librado por el hombre deseoso de conquistar aspiraciones más ambiciosas que su original instinto de supervivencia. Desde este punto de vista, la corrida es una obra espiritual, cuya materialización es posible al final de una larga ascesis seguida por el torero, quien supera su condición de simple mortal enfrentándose al toro.

Arriesgando su propia vida, la realización artística del torero simboliza la elevación del individuo, la transición desde sus instintos primitivos hacia la espiritualidad, aportando a la corrida una dimensión sagrada y universal, rechazada por la ideología antiespecista que, navegando a contramano de la evolución humana, considera que el animal es igual al hombre. Frente a la radicalización de este movimiento mundial, sólo la dimensión cultural permitiría conciliar las teorías antropocentrista y biocentrista, las cuales son el germen de los puntos de vista, opuestos, entre los aficionados y los animalistas. Para los partidarios de la primera ideología, el hombre, ser dotado de razón en el sentido “kantiano” de la palabra, es un fin en sí mismo y el centro de todo, mientras que para los segundos, todo ser vivo merece el mismo respeto que el hombre, y no existe ninguna excepción para dicha regla, ni siquiera cultural. Con el objeto de enfriar este debate que nos envenena desde el inicio de este milenio, el Museo de las Tauromaquias Universales demuestra que la tauromaquia es la cultura más antigua que existe en nuestro planeta, primer testimonio de una actividad humana en relación con un animal, basada en el respeto de su identidad, lo cual explica que la especie se halla podido preservar, y que gracias a los valores humanistas que porta, la tauromaquia constituye un patrimonio universal que debe conservarse.


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