tierras taurinas




MEDINA SIDONIA
El cordel de los Merchantes

Entre Medina Sidonia y Chiclana de la Frontera pasa el cordel de Los Merchantes, nombre nacido de unos populares varilargueros del siglo XVIII que vieron emerger el toreo a pie y las primeras ganaderías de lidia. Por él pasaron Manuel Bellón «El Africano», los Romeros de Ronda, el chiclanero José Cándido, los sevillanos Costillares y Pepe Hillo... Y, obviamente, el «Napoleón de los Toreros», Francisco Montes «Paquiro».

Por él discurrieron también los toros del Duque de Medina Sidonia rumbo a la marisma; mientras que siguen circulando los de Torrestrella, Cebada Gago y Núñez del Cuvillo, que resisten a la crisis, al mismo tiempo que otras ganaderías vecinas prestigiosas han desaparecido.

De todas las comarcas taurinas, Medina Sidonia es donde más hondo se hunden los raíces de la Fiesta. Aquí nació la idiosincrasia campera gaditana y se continúa preservando el equilibrio natural que hombres, toros y caballos alcanzaron desde tiempo inmemorial. Unas tradiciones envueltas de misterio, que cualquiera puede presenciar hoy gracias al espectáculo «A campo abierto» que ofrecen en Los Alburejos. Un lujo sin desperdicio.»

A DOS SIGLOS VISTA

Hace algo más de dos siglos, a mediados de febrero de 1805, las corridas de toros se prohibieron por Cédula Real. Monarca ilustrado, o por lo menos así se consideraba, Carlos IV recibió el apoyo de su esposa, María Luisa de Parma, muy anti-taurina, y del amante de ésta, el famoso Godoy, a la hora de tomar esta decisión que le valió el rechazo del pueblo. La prohibición no duró ni tres temporadas, puesto que José Bonaparte la abolió nada más llegar a Madrid. El PP, el PSOE y el PNV hicieron algo parecido en San Sebastián, donde han vuelto a dar luz verde a la Semana Grande en Illumbe, después de que Bildu la obstruyera durante un par de años. Si Carlos IV y Godoy se atrevieron a acabar con la Fiesta fue porque ésta no atravesaba su mejor momento. Con Pedro Romero retirado y Costillares y Pepe Hillo fallecidos, ningún torero poseía el carisma suficiente para que el pueblo se echara a la calle en defensa de su tradición. Hubo que esperar un cuarto de siglo para que surgiera un espada que superase con creces las hazañas de sus predecesores. Éste fue Francisco Montes “Paquiro”, nacido el mismo año de la prohibición, y que, a la edad de 25 años, llenó el vacío existente desde que el ““bailar, huir, correr, vacilar y temer...” de los toreros del primer cuarto del siglo XIX sustituyera la ortodoxia solemne de Pedro Romero, el estilismo temerario de Pepe Hillo o la creatividad de Costillares. Gracias a Paquiro, la Fiesta conoció un periodo de expansión.

A pesar de la prohibición de Carlos IV, los ingredientes que la Tauromaquia necesitaba para sobrevivir -toros bravos en el campo y toreros con ilusión de ponerse delante- siguieron existiendo. Los toros pertenecían a varios terratenientes, nobles o del clero (Conde de Vistahermosa, Ulloa, Becker, Vicente José Vázquez, Cartujos de Jérez y de Sevilla...), cuya economía no dependía exclusivamente de la ganadería, aunque los beneficios que sacaban no eran desdeñables. Gente deseosa de ponerse delante del toro para ganarse la vida siempre ha habido, en el campo o en los mataderos. Gracias a estos factores, la Fiesta superó la prohibición; primero con la ayuda de Paquiro y después con los que llegaron arreando, creciendo a lo largo de casi dos siglos, sin que los acontecimientos civiles interfirieran en su desarrollo.  Dos siglos después de la prohibición de Carlos IV, la voluntad política vuelve a poner a la Fiesta en entredicho. De entrada, fueron los independentistas catalanes quienes la prohibieron en su territorio, luego los independentistas vascos en San Sebastián y, finalmente, tras las elecciones municipales de mayo, muchos ayuntamientos tomados por la izquierda radical y sus aliados se plantean desautorizar la organización de festejos taurinos en sus plazas. No estamos hablando de una prohibición generalizada -algo que hoy parece imposible gracias a la protección cultural aprobada por el Congreso-, pero sí de prohibiciones locales por la vía de recortes de subvenciones. La cuestión es saber si la Fiesta podrá superar esta nueva crisis, y si será pasajera como la de hace dos siglos o si marcará el principio de la desaparición. Dicho de otra forma, ¿el sector podrá resistir ante la reducción del mercado? La supresión de festejos en los pueblos provocará el final de no pocos ganaderos. Una cantidad considerable de profesionales se reciclará también por la poda de puestos de trabajo. Varias escuelas taurinas podrán cerrar si los ayuntamientos, diputaciones y comunidades les retiran su financiación. ¿Y qué pasará con el público de los pueblos donde no se den festejos? Los más aficionados se desplazarán, pero la gran mayoría olvidará, poco a poco, el camino que conduce a la plaza. Éste es el objetivo de aquellos que pretenden maquillar su incapacidad orquestando la asfixia económica de una cultura que no comparten.

Hace dos siglos, la regeneración de la Fiesta vino del chiclanero Paquiro, nacido a pocos kilómetros de Medina Sidonia, donde la dinastía de los Merchantes había acompañado durante tres cuartos de siglo los balbuceos del emergente toreo a pie. La comarca de Medina, siempre taurina y fundamental en la cría del toro bravo, atraviesa momentos duros: varias ganaderías de postín han dejado de existir -como las del Marqués de Domecq, Martelilla o  Mari Carmen Camacho- y las que quedan luchan por subsistir. En La Zorrera, los herederos de José Cebada Gago -Javi y José, los hijos de Salvador García Cebada-, siguen la línea marcada por su padre y buscan el toro que genera emoción. Sin embargo, desde hace veinte años, ninguna figura ha olido un pitón... Muy cerca, en Los Alburejos, también se sigue la línea marcada por don Álvaro Domecq y Díez, con una mezcla parecida a La Zorrera. Entre ambas ganaderías, los intercambios resultaban frecuentes, pero los criterios, aunque similares, eran distintos. Don Álvaro le advirtió muchas veces a su vecino y amigo Salvador del peligro que conllevaba el exceso de casta. Y aunque tardó algo más en ser marginado, acabó padeciendo el rechazo de las figuras, para quienes sus Torrestrellas pecaban de embestidas algo incómodas y de pitones demasiado astifinos. En todo el campo de Medina, la ganadería más aventajada en la actualidad es la de Núñez del Cuvillo, que ha recuperado su puesto privilegiado conquistado hace veinte años. Una posición que perdió en dos ocasiones: la primera, por haberse entregado en cuerpo y alma a José Tomás, lo que le ocasionó represalias cuando éste se retiró de los ruedos; y la segunda, por haber perdido calidad en las embestidas de sus toros por culpa de un exceso de manejo. De todo se aprende… Y estas tres ganaderías contemplarían el futuro con optimismo si no fuera por la evolución de la sociedad. Quizás porque había percibido la brecha entre la gente del campo y los progres urbanitas, don Álvaro Domecq Romero ideó enseñar a cada cual las tradiciones camperas gaditanas, tan defendidas por su padre. Desde entonces, Los Alburejos se ha convertido en el conservatorio de unos valores remotos gracias al espectáculo “A campo abierto” que hace retroceder al visitante dos siglos, cuando Carlos IV prohibió correr los toros, sin saber que el verdadero esplendor de la Fiesta llegaría más tarde. Ésta es la esperanza que debemos mantener a pesar de los nubarrones que se amontonan en el horizonte, agradeciendo los esfuerzos de aquellos que sufren, en carne propia, los efectos desastrosos de un populismo tan totalitario como fue la abolición real.


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