tierras taurinas



VIAJE a la
Sierra de Aracena


En la Sierra de Aracena se encuentran los vestigios de una de las plazas de toros más antiguas del mundo, así como una de las ganaderías emergentes más prometedoras en la actualidad. Tradición e innovación conviven en esta zona donde seis siglos de cultura taurina han dejado una profunda huella, en los hombres y en las piedras.

A la entrada de esa "banda de los Gallegos", el instinto de supervivencia de Gerardo Ortega provoca admiración, de la misma manera que la lucidez de Pepe Moya en El Parralejo, la habilidad de Guillermo García Palacios en Albarreal o la determinación de Juan Pedro Domecq en Lo Álvaro y Lagoa.

Este encandilamiento también brota ante la luminosa clarividencia de Aquilino Duque o por el rastro dejado en La Alcornocosa por Antonio Corbacho, hombre absurdo en el sentido camusiano de la palabra.

Nos apena, sin embargo, la desesperanza de Ignacio González en el Monte de San Miguel de Aracena, cuya injusta situación poco tiene que ver con la Gruta de las Maravillas.

A tracés de este viaje por la Sierra de Aracena, empieza un nuevo ciclo : igual, pero distinto, en busca de lo que hubo y de lo que hay, materia prima de un patrimonio que debemos inscribir en el de la Humanidad.

SOLIDARIDAD

En otra vida, viajando en coche de cuadrillas, leía la obra de Levi Strauss. Me apasionaban las historias de aquellas tribus perdidas y amenazadas por la globalización, hasta que entendí, observando a mi alrededor, que también pertenecía a una con fecha de caducidad, aunque sin saberlo aún. También leí al filosofo alemán Martin Heidegger y me impactó su análisis sobre la esencia del existir basada en dos modos definitivos de ser: autenticidad o inautenticidad. Para decirlo de otra forma: ser o estar en el mundo. Fue entonces cuando me lancé en una búsqueda desenfrenada hasta los orígenes de mi pasión. Durante años, me sumergí en un mar de tratados antiguos, estudié la Biblia, los Vedas, los textos fundadores de las religiones orientales y, de este magma en ebullición, extraje la materia prima de un libro: “El Mito del Toro”, galardonado con un premio universitario. Podía haberme conformado, pero si había sido capaz de encontrar un hilo conductor entre religiones y cultos antiguos para seguir la huella dejada por el toro en el corazón de la humanidad a lo largo de cien siglos, ¿cómo no iba a escribir el siguiente episodio de la historia, contando la verdadera génesis que presidió la mutación del toro salvaje en toro bravo? Durante diez años más, anduve paseando mi inquietud hasta darme por satisfecho, después de haber sacado a la luz documentos perdidos, lugares desconocidos, viejos papeles y secretos bien escondidos. Con el material almacenado, escribí Tierras Taurinas, que algunos, generosamente, llaman la enciclopedia del toro bravo. Cincuenta libros en francés, veinticuatro en castellano. Y los que quedan por publicar.

Un mundo desaparece ante una penosa indiferencia, excepto para los que no anteponemos, como diría Martin Heidegger, la inautenticidad a la autenticidad. Lo dicta con claridad la Unesco: siempre y cuando exista una población, por muy pequeña y dispersa que sea, que comparta unos elementos culturales comunes definidos en un territorio más o menos amplio, hay que preservar su creencia inscribiéndola en el Patrimonio de la Humanidad. Pero esa creencia no debe confundirse con el mercado que nace de ella y, por supuesto, ese mercado  no puede sustituirla. Sin embargo, en nuestra sociedad, sumamente consumista, lo verdadero desaparece a menudo bajo las representaciones que se aportan de la misma. El ser se diluye en el parecer y, al menor descuido, el primero acaba reduciéndose a la imagen, más o menos fidedigna, que se ha creado. Quizás por eso, en mi despacho, se encuentran varios objetos sin ninguna relevancia traídos de los viajes que realicé por el Planeta Taurino. Barros pintados, máscaras de cuero curtido, cuerdas trenzadas, collares de plata, sombreros de paja, cáscaras de encinas, algunas bellotas, una espada de matar, zahones raspados, machos desgastados, algunos dibujos  y una chaquetilla negra bordada en oro viejo… El denominador común entre todos estos objetos, recaudados a lo largo y ancho del planeta taurino, es que, al mirar cualquiera de ellos, vuelvo de inmediato hasta las raíces del mito, como un chaman hace volar su mente hasta los espíritus primigenios. Hace mucho tiempo aprendí a vaciar mi memoria de todo lo que pudiera agobiarla. Lo que merece ser recordado flota por sí solo en la superficie, mientras que lo que no, se hunde por su propio peso. El cuerpo posee su propia memoria… Los científicos la llaman “cerebro reptil”, donde se conserva, sin que lo sepamos, los recuerdos almacenados por nuestra especie desde que el primer Acongosthea salió del mar. O quizás antes. Ella explica nuestras fobias, fantasmas o deseos poco confesables. Puesto que el mito del toro nace con la misma humanidad –me remito a los testimonios conservados en las paredes de las cuevas–, esta memoria justifica también que, en cada uno de los amantes de la Fiesta, perviva la nostalgia de lo vivido a lo largo de varios milenios por cientos de generaciones que compartieron una misma fascinación por el Dios Toro. No estoy convencido de que la élite de los toreros actuales sienta esto. O, más bien, estoy seguro de que ni se han enterado de que existe, puesto que ven al toro, no como un ser extraordinario del que debieran ser siervos, sino como un producto de gran consumo al que hay que avasallar. Y de ahí viene el problema.

El único viaje que merece la pena es aquel que uno emprende en busca de sí mismo. Eso quería decir quizás Levi Strauss cuando empezó “Tristes trópicos”, con el famoso “odio a los viajes y a los exploradores”, que levantó tantas ampollas en el mundo de los viajeros oficiales. En realidad, lo que el antropólogo por antonomasia odiaba era esa moda de pasear deprisa por una comarca perdida, observándola con ojos propios y no con los de quienes viven en ella. Detestaba la ausencia de identificación que sufren aquellos que viajan rápido y, por encima de todo, rechazaba el inaguantable instinto de superioridad que sufre el hombre de ciudad frente al campesino. El mundo urbanita desprecia al mundo rural y, en este penoso abandono de sus raíces, se encuentra el alejamiento de la sociedad y la Fiesta. Demasiado real para ella, ésta se ha convertido en un reflejo insoportable del mundo virtual, donde ahora se busca un nuevo ideal. “Viajamos en busca de respuestas desconociendo tal vez cuáles son las preguntas adecuadas, iniciamos el viaje ignorando los paisajes que hallamos a nuestro paso, alzamos la vista en la absurda pretensión de descubrir qué nos aguarda al final del recorrido, ignoramos quizás que nuestro propio relato es un afluente del destino, que cada historia es como la vida misma, pues uno sabe como empieza pero nunca sabe como acaba”.

Por suerte, en la grandeza del mundo taurino, todavía quedan algunos focos, llenos de una sabiduría antigua y reacios a la globalización. En ellos, haciendo gala de humildad, debemos buscar la esperanza para creer que esto aún no se acaba. En  la historia de los encastes, o de lo que queda de ellos, yace el pasado de la Fiesta, pero en el secreto de las comarcas vive la llama de su porvenir. Lo que hubo, y ya no está, desapareció porque no supimos salvarlo, por ello, sólo perduran algunos encastes, ahora en peligro, que hay que preservar, testimonio de un patrimonio que debemos inscribir en el de la Humanidad. Lo que queda forma parte de lo mismo, salvo por la diferencia de que ha sabido evolucionar. Y por ello, también debe preservarse, convenciendo a aquellos que lo poseen que el toro tiene que ser el eje alrededor del cual gira nuestra cultura, porque aquí, siendo o estando en el mundo, sobramos todos los demás. Por lo tanto, hay que convertirse en peregrino, visitar a todos aquellos que conservan lo que hay -o lo que queda-, sin olvidarnos jamás de lo que hubo y se añora. Muchas bellezas nos esperan a lo largo de este viaje por las comarcas taurinas que emprendemos hoy. Mucha gente generosa, y no pocos soñadores empedernidos que han hecho del toro su proyecto de vida. Y sólo por eso merecen nuestro respecto y, sobre todo, nuestra solidaridad.


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