tierras taurinas



RESTOS
vazqueños


A cuatro manzanas de la Real Maestranza, debajo de una humilde lápida adornada con una calavera, descansan los restos mortales de Vicente José Vázquez y Adorna, primer Conde de Guadelete, creador del encaste vazqueño y Hermano Mayor de la Santa Caridad.

Dos siglos después del esplendor vazqueño, solo quedan de este encaste glorioso algunos hatos más o menos puros : los Veraguas de Prieto de la Cal, por supuesto, otros veraguas criados bajo sospecha en Colmenar, un revuelto confuso construido a base de paciencia y pasión por Fernando Palha en Portugal, y, por supuesto, el hato variopinto de Concha y Sierra que acaba de empezar su exilio en Francia.

Pasando por las tres marismas más bravas y bellas del mundo, la del Guadalquivir, del Tajo y del Ródano, este viaje  por las Tierras Taurinas vazqueñas  les reserva sorpresas maravillosas.

EL MONSTRUO PROMETEDOR

Si a don Vicente José Vázquez no se le ha hecho del todo justicia, ha sido por culpa de aquellos que perpetuaron el encaste que creó y que no fueron capaces de modernizarlo cuando hizo falta. De haber vivido don Vicente José en la época de Joselito y Belmonte, a buen seguro hubiera encontrado la manera de moldear sus toros para que superasen el cambio de rumbo que atravesaba la Fiesta taurina, desgastándose menos en el caballo y durando más en la muleta. Para conseguirlo, habría añadido a su cruce algún goterón suplementario de Vistahermosa, a falta de encontrar dentro de su propio hato un semental providencial capaz de provocar esta evolución. Algún “monstruo prometedor” que le hubiera permitido cambiar el rumbo del Determinismo Universal que arrastraba su encaste hacia la ruina. En Biología Evolutiva, el “monstruo prometedor” es un organismo con un fenotipo profundamente mutante que tiene el potencial de establecer un nuevo linaje evolutivo, a través de una expectación saltacional que puede contribuir a la producción de nuevos grupos de organismos.  Un día, hace muchos millones de milenios, apareció un pez que, en una de sus aletas, tenía un dedo. Según cuentan, este Acanthostega es nuestro antepasado y la transformación de su aleta en pata fue posible gracias a la mutación de, tan sólo, dos genes. Gracias a sus extremidades salió del mar, aprendió a respirar el oxígeno del aire en vez del acuífero, y se diversificó en una multitud de especies, gracias, por supuesto, a nuevos monstruos prometedores que aparecieron con otro gen cambiado, y así hasta Albert Einstein, un monstruo también, pero por otras razones.

Una vez, en las marismas sevillanas, apareció un buey que, en vez de huir, empezó a atacar. Del mismo modo, algún gen debió mutar y el ingenio de los frailes consistió en saber multiplicarlo en sus rebaños, creando así la raza del toro bravo, que, al cabo de un siglo, se esparció por toda la marisma, de Jerez a Utrera y de Utrera a Sevilla. De las compras sucesivas emergieron ganaderías con nombres y apellidos, hasta que llegó don Vicente José Vázquez, quien decidió volver a mezclarlo todo. De ahí brotó un encaste propio cuya particularidad consistía en ser una pura mezcla. A la vista de la inmensidad de sus rebaños, se puede pensar que don Vicente José conservaba piaras bastante puras de cada una de sus fuentes, y que, gracias a ellas, pudo corregir la evolución de su ganadería, aunque bien es sabido que, en su época, al toro se le pedía poca cosa: ser fiero, duro, resistente, bravo y, a veces, dejarse pegar algún pase. Pero no muchos. Obviamente, en los rebaños de don Vicente José, o de quienes se repartieron su ganadería tras su fallecimiento, aparecieron algunos monstruos prometedores que aportaron otras cualidades y bastante variabilidad: si los de Veragua seguían siendo duros y, sobre todo, bravos en el caballo, en los de Trespalacios surgió mucha calidad, la misma que atesoraron muy pronto los toros de Concha y Sierra. Trabajando sobre estos nuevos caracteres, los ganaderos los aprovecharon unos mejor que otros, pero en conjunto el progreso fue demasiado lento, o no lo suficientemente radical como para poder resistir ante la ascensión imparable de las ganaderías oriundas de Vistahermosa, donde los monstruos prometedores aparecían más a menudo y aceleraban la evolución. Gracias a ellos, por adaptarse mejor al mundo en el que vivían, los Vistahermosas provocaron, poco a poco, la desaparición de los vazqueños: algunas ganaderías marcharon directamente al matadero, otras fueron absorbidas, y muy pocas consiguieron sobrevivir tras esta verdadera depuración étnica que arrasó los encastes más arcaicos. En España, Prieto de la Cal (ver opus 1) sigue manteniendo viva la llama de los Veraguas, mientras que otra pequeña piara criada en Colmenar por Aurelio Hernando y por Javier Gallego en Ciudad Real, parece seguir la misma huella, aunque con algunas dudas. En España quedan también unas puntas de Trespalacios o Benjumea, más o menos puras, que cualquier día habrá que visitar, así como unas veinte o treinta vacas de los Veraguas del duque de Braganza en la ganadería de Julio de la Puerta, donde iremos sin falta. Finalmente, en Portugal, que fue enteramente vazqueño al final del siglo XIX, sólo queda lo de Fernando Palha, un ganadero romántico donde los haya.

Coincidiendo con la inscripción de la Tauromaquia en el Patrimonio Histórico Cultural de España, la entrada de un toro de Veragua en el Museo del Prado es, probablemente, pura casualidad. Pero la mirada fiera que le lanza a Europa mientras ésta se deja raptar por un ensabanado cornicorto supuestamente manso, simboliza perfectamente la deriva de una sociedad que se deja llevar por el cauce de su debilidad, sin intentar siquiera resistir ante su penosa decadencia. Eso mismo parece decirle el de Veragua a Europa: “¡Oye, guapa, qué yo también te puedo pegar la voltereta, y mejor que este blanducho capón!”. A lo que Europa ni contesta, presa por su euforia, y rehén del mundo falsamente angelical que la rodea y le oculta la realidad de su condición. La situación de la Fiesta no resulta más boyante, por lo que desearía que Tierras Taurinas apareciera, a su vez, como otro “monstruo prometedor”, capaz de compartir una visión más humanista y cultural; y sobre todo menos mercantilista. Una Fiesta cuyo corazón no late exclusivamente en las altas esferas, desde donde se organiza el circuito a la espera de su reestabilización, sino en el pecho generoso del pueblo llano que vive en todas las comarcas taurinas del planeta. Cada región posee su propia idiosincrasia, edificada a través de su historia, de la proximidad del toro, del valor humano aportado por toreros, ganaderos, profesionales, artistas, intelectuales y aficionados que allí nacieron. Esta riqueza plural constituye el verdadero ADN de nuestra identidad. E igual que hicieron los frailes geniales de la Cartuja, si pretendemos frenar la decadencia que padecemos a pesar del respaldo institucional, ha llegado el momento de buscar los factores de evolución positiva que siguen existiendo por doquier  y, por encima de todo, multiplicarlos: la pasión, la generosidad, la integridad, la ética, la solidaridad, y también el instinto de supervivencia. Del mismo modo que el encaste vazqueño, el pueblo del toro es una mezcla cuyo equilibrio caprichoso explica la evolución. Por eso, de ahora en adelante, el estudio de las ganaderías y encastes que quedan por descubrir -y son muchos a lo largo y ancho del mundo-, se hará por comarcas, para mostrar hasta que punto la cultura taurina hunde sus raíces en cada una de ellas. Algo que explica su gran vitalidad, a pesar de los estragos que padece.


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