tierras taurinas



ANTONIO PÉREZ
El Brujo de San Fernando


A lo largo de dos siglos, en un perímetro comprendido entre San Pedro de Rozados, Matilla de los Caños del Río y Aldehuela de la Bóveda, varias dinastías camperas se entremezclaron hasta dar con el equilibrio ideal, cuando en Continos se realizó el "cruce" fundamental entre Antonio Pérez Sánchez y Jacoba Tabernero García.

De esta unión nació Fernando Pérez Tabernero, patriarca de la dinastía ganadera más importante que ha conocido el Campo Charro, y padre del que llamarían muy pronto el "Brujo de San Fernando", Antonio Pérez-Tabernero Sanchón, así como de sus hermanos Argimiro, Graciliano y Alipio, todos ganaderos de relumbrón.

Con los murubes portugueses de Gama primero, y luego con los berrendos de Vicente Martínez, Antonio Pérez "de San Fernando" inventó el oficio del ganadero moderno y triunfó en la primera línea durante medio siglo.

Si los toros procedentes de su primera aventura, conocidos como los de AP, se han alejado de las grandes ferias, los que nacieron de la segunda, después de un largo eclipse, están a punto de recuperar su sitio, bajo la denominación de Montalvo, merced a la inteligente y apasionada labor de uno de los nietos de don Antonio : Juan Ignacio Prérez-Tabernero Sánchez, ganadero por los cuatro costados, puesto que también desciende de de las casas de Montalvo, famosa en el siglo XIX por sus vazqueños, y Sánchez y Sánchez, igualmente popular gracias a ss vazqueños de Trespalacios.

De Continos al Villar y de San Fernando a Linejo, pasando por Calzadilla de Mendigos y El Soto en la región de Colmenar, les invitamos a participar en un nuevo viaje por nuestras tierras taurinas.

DARWINISMO

Si buscamos un ejemplo fidedigno que explique los cambios evolutivos en los ciclos ganaderos, tanto a nivel del toro como de su criador, sin lugar a dudas, deberíamos fijarnos en la seductora historia que arranca en Continos a finales del siglo XVIII y que llega hasta nuestros días, llevándonos a través de San Fernando, El Villar de los Álamos y Linejo. Una historia rica y con múltiples matices, en la que nacen y desaparecen varios encastes, amén de alguna rama ganadera, que nos demuestra que, tanto para los humanos como para el resto de especies, nada, por muy potente sea, se libra de la selección natural. A lo largo de esta historia, también se pone de manifiesto que el ingenio de los hombres, su talante y su pasión, son unas variantes de ajuste tan poderosas como las fluctuaciones de la casta en el toro, los gustos del público o las modas impuestas por los toreros. La Fiesta, hasta hace una década, siempre se ha caracterizado por el tira y afloja que, en todas las épocas, ha enfrentado a las empresas (como defensoras del público) y a los toreros, respecto a la naturaleza del toro que debía lidiarse en la plaza. Esto explica las enormes variaciones que, sobre la presentación y casta del toro, se ha observado a lo largo de la historia, y que resultan de una ley básica: cuanta más fuerza han tenido los toreros -o algunos de ellos-, menos poder se le ha concedido al toro. Sin caer en la polémica, hoy resulta fácil comprobar que las ganaderías, o encastes, que no han sabido evolucionar a favor de la corriente histórica -es decir, la evolución del toreo hacia el esteticismo- subsisten en clara decadencia, nos guste o no.

Lo cual no implica que las otras ganaderías anden muy boyantes, ya que sólo un puñado de ellas, a pesar de experimentar vertiginosos altibajos en la calidad de sus toros, copa el mercado de las ferias más rentables gracias a los matadores que imponen su presencia a las empresas. Si alguna camada no es del gusto de aquellos diestros que mandan en los despachos, la caída resulta brutal. Por ello, el ganadero contemporáneo se ha convertido en un proveedor frágil, cuya mercancía tiene que satisfacer el gusto de su cliente, que ya no es ni la empresa, ni el público, sino un manojo de figuras que imponen sus preferencias. Esta evolución nos conduce directamente hacia un ballet que, cualquier día, prescindirá de los aspectos más violentos de la lidia, cuyo porvenir, no lo duden, se adivina incruento, puesto que va acompañado por un cambio de naturaleza dentro del público: harto de padecer un espectáculo que ya no se corresponde con lo que busca, el aficionado tradicional se aleja de las plazas donde, en el mejor de los casos, es sustituido por un espectador cuyo nivel de conocimientos y exigencia resulta mucho menor. En vez de las tertulias de antaño, o de las crónicas, a veces muy duras, que marcaban una línea infranqueable para los toreros, hemos pasado a la generalización de un buenismo mentiroso que consiste en alabar cualquier cosa, y quien critica es inmediatamente calificado como un enemigo interno. Salvando algunas honrosas excepciones, pocos se atreven a nadar en contra de la corriente para evitar ser expuestos en la picota de esta nueva inquisición. En el mundo audiovisual, la evolución parece aún más radical: en nombre de la audiencia que, merced al buenismo, se supone más numerosa, se permite que los propios toreros valoren sus faenas, sin preguntarle al ganadero qué opina sobre ellas. ¿Y para qué iban a preguntárselo? No es de recibo criticar al cliente, por ello, los ganaderos más espabilados son los primeros en echarle la culpa a sus toros cuando las figuras no les cortan las orejas. Obviamente, esta confusión entre dos mundos tan distintos, el del artista y el del crítico, acarrea una pérdida de juicio que no favorece, en absoluto, la renovación de la afición más sabia, y, paradójicamente, le quita peso a las loas legítimas que pudieran dedicarse a cualquier torero. De la incertidumbre del todo o el nada que estremecía el corazón de los toreros a la espera del periódico del día siguiente, hemos pasado a la inmediatez de un discurso convenido, pieza fundamental de su plan de comunicación. De haber vivido hoy, Antonio Pérez de San Fernando se habría encumbrado de igual manera, y quizás gracias a él, los ganaderos gozarían de un papel menos segundario, aun si en la actualidad no parece recomendable restar protagonismo a las figuras. Pero los de don Antonio eran otros tiempos, cuando los mejores ganaderos mandaban.

Esto no le impidió que definiera sus toros como “tontos y sin frenos”. Lo cual no significa que fueran mansos, sino que, la única razón de ser de esta bravura, consistía en transformarse en nobleza para la mayor gloria de los toreros. Actualmente, esta definición de don Antonio no sorprende a nadie, puesto que habla del toro que buscan todos los ganaderos; sin embargo, hace un siglo, resultó una revolución. También la llegada hasta la cúspide ganadera de una dinastía charra que emergió a lo largo de dos siglos, en un perímetro comprendido entre San Pedro de Rozados, Matilla de los Caños del Río y Aldehuela de la Bóveda, y cuyo corazón latía en Continos. En este verdadero museo de la charrería, los fantasmas de algunos de los que vivieron allí, aportan a este antiguo convento un aire misterioso. Entre sus muros, varias dinastías se entremezclaron hasta encontrar el equilibrio ideal, cuando se hizo el “cruce” fundamental entre Antonio Pérez Sánchez y Jacoba Tabernero García, la joven viuda de su hermano Fernando. De esta unión nació Fernando Pérez Tabernero, patriarca de la dinastía ganadera más importante que haya conocido el Campo Charro, y padre del que llamarían muy pronto el “brujo de San Fernando”, así como de sus hermanos Argimiro, Graciliano y Alipio.

Sin caer en un antropomorfismo descabellado, resulta curioso comprobar que, también en los herederos de don Fernando, el darwinismo ha dejado huella: por la “rama” de don Antonio, tanto en San Fernando como en Linejo o El Villar, no hay ganadero pequeño y todos tiran hacia los patriarcas: Antonio Pérez y Fernando Tabernero, dos mozos espigados. Por la “rama” de don Alipio, en cambio, a partir de la segunda generación, baja mucho el tipo: don Javier, don Alipio, don Fernando y don Ignacio son de talla normal, bastante más recortada que la de sus primos Antonio y Juan Mari Pérez-Tabernero Montalvo, o la de su sobrino Guillermo Marín Pérez-Tabernero. Siempre se ha dicho que el toro se parece a quien lo cría, pero en este caso el darwinismo parece haber influido al revés: ¿habrá mediado el paisaje ganadero que han contemplado las dos ramas de la familia? Curiosamente, donde se criaron toros de Santa Coloma, los varones han salido bajitos y vivos -con alguna excepción explicable por un salto atrás-, mientras que en la parte de San Fernando, donde crecieron los voluminosos Murube, los ganaderos son todos altos. Lo cierto es que, también conforme a la ley de la selección natural, de los primeros, pocos quedan en activo (ver opus 3), mientras que entre los herederos de Antonio Pérez, su nieto Juan Ignacio Pérez-Tabernero Sánchez está a punto de volver a primera línea con el hierro de Montalvo. Y, al igual que sus toros, luce un corpachón.


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