tierras taurinas

LISARDO SÁNCHEZ,
UNA LEYENDA CHARRA


Según la leyenda que él mismo contaba, Lisardo Sánchez había nacido en un pajar donde fue criado por una cabra. Lo cierto es que don Lisardo decidió hacerse ganadero cuando tenía 68 años - “para aprender”, decía -, después de haber creado un imperio agrario entre Salamanca y Badajoz. Primero le compró a Atanasio Fernández parte de sus mejores vacas al cabo de un trato memorable, luego le sacó a Antonio Urquijo uno de sus mejores sementales gracias a otra trampa, y en pocos años su ganadería se alzó al nivel de las mejores.

Dicen de él que fue uno de los hombres más inteligentes del país y que, pocos días antes de su muerte, todavía paseaba cada tarde por sus cercados en un Mercedes con el que había recorrido un milión de kilómetros, para darle a su mejor semental algunas galletas y un bizcocho.

Hoy en día, igual que sucede con el de Atanasio, el encaste creado por don Lisardo está amenazado por la marginalización. Si no fuera por la familia Fraile o la antigua casa de Espioja,  quizás ya no existiría. Pero, por suerte, está en manos de ganaderos íntegros, apasionados y valientes, quienes, a pesar de la evolución a contra mano de un mercado lamentablemente conformista, siguen apostando por él. 

PELIGRO DE EXTINCIÓN

Casi un siglo después de que Joselito impusiera a los ganaderos del siglo XIX su visión del toro moderno, el mismo fenómeno parece producir hoy los mismos efectos. Y de igual manera que, a partir de la primera década del siglo XX, presenciamos la práctica desaparición de las ganaderías procedentes de los encastes arcaicos en beneficio de las de la rama de Vistahermosa, la primera década del siglo XXI es el escenario de una nueva concentración. Esta vez son las derivaciones de Vistahermosa distintas a las nacidas de la ganadería de Juan Pedro Domecq las que soportan la voluntad de los toreros contemporáneos, que ostentan hoy el mismo poder sobre el mercado que Joselito en su tiempo. Varios encastes están amenazados: Núñez, Gamero Cívico y Pedrajas, que derivan del mismo tronco Parladé, así como los de Atanasio Fernández y Lisardo Sánchez que son, como los Domecqs, puro Tamarón.

Según los criterios de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, “una especie se considera en peligro de extinción cuando se encuentra comprometida su existencia globalmente. Esto se puede deber tanto a la depredación directa sobre la especie como a la desaparición de un recurso del cual esta dependa, tanto por la acción del hombre...”.  En cuanto a la que nos interesa –y aunque los Lisardos no sean stricto sensu una especie propia ya que, genéticamente, nada fundamental la diferencia de otros toros- el peligro proviene de la constricción de su mercado a causa de las elecciones humanas. Y la falta de mercado coacciona su supervivencia. Hasta el punto de que se teme, por su reducida población, que su situación sea pronto comparable a la de otros encastes marginados de manera irreversible. Los ganaderos del encaste Lisardo mencionan este peligro de puertas para adentro, y todos esperan que termine pronto este ciclo donde no encuentran su sitio. Un ciclo caracterizado por el modelo de espectáculo impuesto por las figuras, donde el toro, lejos de ser el eje de la Fiesta de antaño, se ha convertido en un instrumento para su triunfo, lo que además implica la pérdida del sentido del tercio de varas.

La época que vivimos es crítica y, si las figuras que tienen el poder de invertir el curso de las cosas no toman responsabilidades en nombre de una visión cultural del espectáculo que corresponda también con el gusto de los aficionados, asistiremos impotentes a la desnaturalización de la Fiesta y a la desaparición de algunos encastes, como el creado en 1948 por Lisardo Sánchez. Un encaste que accedió a la cumbre bajo la dirección de su creador en los años sesenta, permaneció allí una década después de su muerte bajo la supervisión de su nieto, conoció todavía diez años de gloria con el tándem Viti-Garzón, antes de perpetuarse a partir de los ochenta gracias a la familia Fraile. Durante medio siglo, el toro de Lisardo fue, pues, uno de los socios privilegiados de las figuras. En 1983, Julio Robles cosechó su primer triunfo madrileño frente a Cigarro del Puerto de San Lorenzo. El mismo año, y después en 1985, Antoñete y Curro Romero, con cincuenta años pasados, hicieron rugir a Las Ventas con los de Viti-Garzón. En 1996, Ponce se impuso en Madrid ante Lironcito de Valdefresno. Tres años después, en 1999, José Tomás cortaba la oreja de otro toro del Puerto, antes de que la primera década del siglo XXI, siempre en Madrid, estuviera jalonada por ejemplares destacados que favorecieron los triunfos de Caballero, Castella, Perera, Abellán o Juan Bautista, bajo los hierros del Puerto o Valdefresno. En cuanto a Pompito, con la divisa del Puerto y lidiado en la última Feria de Otoño, se ha convertido en uno de los mejores toros de la última temporada madrileña. 

A la vista de este palmarés, ¿cómo explicar el rechazo de este encaste por parte de las figuras últimamente? Posiblemente por su mayor volumen y por su menor enganchabilidad: los ganaderos salmantinos no cometieron el error de erradicar la casta inicial de sus lisardos para acentuar su toreabilidad; lo cual explica que la parte de incertidumbre que encierran a veces sus embestidas les ofrece un grado de libre albedrío que ha perdido la otra rama de Tamarón, encorsetada por una camisa de fuerza genética que tiende a imponer a sus toros la obediencia ciega al verdadero reflejo pavloviano (ver opus 9), obtenida a través de una selección basada en la búsqueda exclusiva de la bravura sumisa que, según estudios de la Universidad Complutense de Madrid, tiene una correlación negativa con la casta: cuanto más aumenta una, más disminuye la otra. De hecho, los lisardos embisten como siempre han hecho los toros bravos, para bien o para mal, ofreciendo también dificultades portadoras de emoción ante las cuales los toreros antiguos, curtidos en mil batallas, se acomodaban sin problemas. Pero, a la vista de los hechos, el gusto de las figuras contemporáneas se ha refinado. Y esto basta para amenazar de extinción a este encaste.



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