tierras taurinas

ATANASIO FERNÁNDEZ,
EL MAGO DE CAMPOCERRADO


A partir de una punta de vacas y el semental Carabella comprados al Conde de la Corte, durante más de sesenta años, Atanasio Fernández encumbró su ganadería gracias a la bravura fría y a la nobleza -nunca tonta- de sus toros. Pero los tiempos cambian. Contrapuestos a la  globalización de un sistema donde no caben los encaste llamados atípicos - es decir todos los que no proceden de Domecq- , los herederos de Atanasio han renunciado a perseguir el sueño de su padre y abuelo, y a finales del 2009 han mandado su ganadería al matadero.
 
Un año después de este triste suceso, las campanas de Campocerrado ni siquiera tocan a duelo, cómo si el luto estuviera ya olvidado. Y para muchos de sus vecinos, los herederos de la ganadería de Atanasio despuntan cómo unos precursores sagaces, por haberse adelantando,  quizás, a la desaparición anunciada de todo el encaste que surgió de ella.
 
A través de los recuerdos de varios de sus herederos, mayorales y vaqueros, pero también a través de la historia de Sepúlveda, Charro de Llen y Dolores Aguirre - la única de todas las ganaderías procedentes de Atanasio que goza hoy de una envidiable reputación -, este opus cuenta la historia gloriosa y triste del Mago de Campocerrado ; o sea, de la otra vertiente del encaste Tamarón.

MALA CONCIENCIA

La erradicación casi total del encaste Vazqueño se debió a Joselito, quien, en la segunda década del siglo XX, favoreció la consagración de Vistahermosa a través de Tamarón, el cual, diez años después de la muerte del torero y a partir del Conde de la Corte, se escindió en dos ramas: la andaluza a través de la familia Domecq y la salmantina gracias a Atanasio Fernández. Durante casi cuarenta años, estos troncos primos de Tamarón se repartieron el mercado casi a partes iguales, royendo poco a poco el concedido a otros encastes que, encerrados en su torre, se hundieron en la marginación; y luego en el proceso de extinción ineludible (ver opus 9) basado en el determinismo universal cuya lógica favorecía la ascensión del monoencaste Tamarón.  A comienzos de los años setenta, un reglamento torpe destinado a combatir abusos aceleró el fenómeno y provocó la práctica desaparición de los saltillos, santa colomas, coquillas o patas blancas.  Y a principios de los años ochenta, la Unión de Ganaderos, bajo el impulso de su nuevo presidente, Juan Pedro Domecq Solís, se embarcó en un proceso de proliferación de hierros que hizo las delicias de los propietarios de encastes de moda: Domecq el primero, Atanasio después, quienes vendieron camadas enteras con sus desechos a los recién llegados que invertían en el campo sus beneficios con el ladrillo por el mero placer de ver sus nombres en los carteles. Treinta años más tarde, la constatación es abrumadora: el número de hierros se ha triplicado, mientras que la multiplicación de sus sucursales hipoteca la rentabilidad de la ganadería tradicional que, para hacer frente a la competencia, a veces desleal, de ganaderos mecenas, cuadriplicó su propia producción, con el riesgo de rebajar el nivel de exigencia de su selección. Si hay que rendirle homenaje al encaste Domecq, es precisamente por haber sabido adaptarse a esta nueva situación.

El encaste Atanasio no vio venir la crisis. Mantuvo su prestigio al amparo del tótem protector de su inventor, pero la lenta agonía del encaste se extendió tras la muerte de éste, enmascarada parcialmente por el éxito de la rama nacida de Lisardo Sánchez. Aunque con el advenimiento del siglo XXI, los días estaban contados para los atanasios “históricos”. Sepúlveda, que durante veinte años había tomado el relevo de la casa central en las grandes ferias, fue relegada de la noche a la mañana a los pueblos; Charro de Llen, a pesar de sus éxitos madrileños y franceses, supervivencia de la explotación obliga, debió relegar poco a poco sus atanasios para reemplazarlos por domecq, ejemplo que también siguieron los nietos de Javier Pérez Tabernero. María Lourdes Martín desapareció, El Sierro evoluciona… Y en Portugal, ganaderías como Coimbra o Louro de Castro sobreviven al margen. No en vano, presentes en la inmensa mayoría de las ferias de relumbrón desde hace dos décadas, las ganaderías nacidas de la de Lisardo Sánchez parecen entrar también en la tormenta (ver opus 11)…

En este desolador panorama del encaste, sólo la ganadería de Dolores Aguirre parece fuera del tifón, por la simple razón de que jamás pretendió hacer negocio con sus toros: son un lujo que consiente la fortuna familiar de la ganadera, lo que  permite criarlos a su gusto, sin procurar satisfacer a los toreros. Y el hecho de que ninguna de las figuras actuales los lidie, constituye su mayor ventaja, ya que la muerte anunciada del encaste Atanasio, al igual que sucedió con el vazqueño, se debe a la actitud de las figuras: así como en los tiempos de Joselito, las figuras contemporáneas apuestan por el Tamarón andaluz. Y tras renunciar modelar según sus gustos las ganaderías nacidas de la de Atanasio, se han alejado de ellas : en 2010 ninguno de los toreros del G10 se anunció con sus toros; adversarios menos previsibles que sus primos Domecq merced a su bravura poco dócil y embarazoso físico. Si no se hace nada para remediar este ostracismo que desemboca a veces en un auténtico boicot soterrado, la afición contemporánea tendrá el triste privilegio de asistir a una nueva desaparición, en la que su franja más torista también habrá colaborado inscribiendo en su lista negra a los últimos representantes de este encaste en vías de extinción; el cual, si finalmente desaparece, descargaría de mala conciencia al sistema. Este opus tiene precisamente por objetivo alimentarla, estimulando a los aficionados que aún demuestran paciencia: la historia es una sucesión de ciclos, pero para que la rueda gire, no hay que frenar.


contacto